La intérprete de lo que
no fue dicho
No lleva diccionario. No
consulta archivos. No pregunta por contexto. Su tarea es más sutil: escuchar lo
que no se dijo, pero se sintió. Lo que no se nombró, pero se vibró. Lo que no
se explicó, pero se ofreció.
Ella aparece cuando el
alma está lista para volver a mirar. Para volver a escuchar. Para volver a
sentir. No para corregir el pasado, sino para recuperar lo que aún está
disponible.
La intérprete no inventa
significados. Reconoce vibraciones. No impone sentido. Reconecta señales. No
busca certezas. Acompaña revelaciones.
A veces traduce una ausencia
como un gesto de amor. A veces revela que un silencio fue protección. A veces
muestra que una frase incompleta era una invitación. Ella no juzga. Solo afina.
Y cuando el alma la
reconoce, algo se aclara. Algo se libera. Algo se transforma. Porque entender
lo que no fue dicho no es reconstruir el pasado: es abrir el presente.
La intérprete no habla
mucho. Pero cada vez que vibra, una señal se consagra. Y el mapa se expande.

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