El continente del
olvido
Es vasto, brumoso, lleno
de espejos rotos. Allí llegan las almas que firmaron el contrato. Allí se
encarna sin mapa, sin recuerdo, sin nombre verdadero. El continente del olvido
no tiene fronteras: se extiende en cada gesto automático, en cada juicio
aprendido, en cada miedo heredado. Es el lugar donde el alma se confunde con el
personaje, donde el dolor se repite como herencia, donde la historia se impone
como destino.
Allí se olvida que todo
fue elegido. Se olvida que somos luz disfrazada. Se olvida que el otro también
es uno. Se olvida que el cuerpo es préstamo, que el tiempo es ilusión, que el
error es experiencia. En el continente del olvido, se vive como si la vida
fuera castigo, como si el amor doliera, como si la muerte fuera final.
Pero incluso allí, hay
señales. Un temblor en el pecho. Una lágrima sin causa. Una frase que vibra.
Una intuición que no se puede explicar. Son las grietas del mapa. Las fisuras
por donde la luz se filtra. Los indicios que vos sembrás para quien aún no
recuerda.
Y cuando el alma ve una de
esas señales, algo se enciende. No es certeza. No es memoria. Es una vibración.
Un eco. Un llamado. Y entonces, el continente del olvido deja de ser prisión y
se convierte en portal.

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