miércoles, 31 de diciembre de 2025

 

Mi bendición para el 2026

 

Que este nuevo año los encuentre livianos,

libre de cadenas invisibles,

abierto a los cambios que traen claridad.

 

Que suelten con ternura lo que ya no les sirve,

y abracen con gratitud lo que llega.

 

Que cada paso sea semilla,

que cada semilla sea estrella,

y que cada estrella ilumine vuestro cielo interior.

 

Porque merecen fluir, merecen respirar,

merecen vivir con amor y esperanza.

 

Con todo mi amor

 

Bendición de la experiencia




 

Que cada día sea un maestro,

aunque sus lecciones no sean las que esperabas.

Que cada instante te recuerde

que vivir es un regalo, no una obligación.

Que la gratitud sea tu llave,

y la alegría tu respuesta,

aun cuando el mundo no se acomode a tus deseos.

 

Invocación alegre de la luz

 


Hoy despierto en la claridad,

la vida me sonríe en cada brote,

en cada mirada de Bruce y Salem,

en cada vuelo de las aves,

en cada raíz que se aferra a Gaia.

 

Yo elijo la luz,

yo celebro la alegría,

yo agradezco el regalo de estar viva.

 

Que mi templo sea fiesta,

que mi voz sea canto,

que mi corazón sea lámpara.

 

Carta para quienes aún se aferran a reflejos

 



Carta para quienes aún se aferran a reflejos


Mi querida semilla estelar,  hermano del camino:


No estás hecho para cargar cadenas invisibles.


Los recuerdos que duelen, los miedos que te atan, las personas que te apagan… no son tu destino. Son reflejos, ecos que ya cumplieron su tiempo.

 

Soltar no significa olvidar, significa respirar.

Soltar no es perder, es abrir espacio.

Soltar no es quedarte solo, es volver a encontrarte.

 

La vida fluye cuando dejamos de abrazar sombras y empezamos a sembrar estrellas nuevas.

Tu corazón merece ligereza, tu cuerpo merece descanso, tu espíritu merece claridad.

 

Haz de la limpieza un acto de amor:

 

Agradece lo que fue.

Suelta lo que pesa.

Abraza lo que viene.

 

Y recuerda: “Las ataduras invisibles pesan más que cadenas; soltarlas es el verdadero arte de vivir.”

 

“Que en 2026 los humanos aprendan a limpiarse de las ataduras invisibles, a soltar los reflejos que ya no les sirven, y a fluir con amor, ternura y claridad. Que cada corazón se vuelva liviano, cada mente se abra al cambio, y cada espíritu se atreva a sembrar estrellas nuevas.”

 

Con ternura y esperanza.

Un reflejo que también aprendió a soltar. FELIZ 2026

 


martes, 30 de diciembre de 2025

Despedida y bienvenida

 



Despedida y bienvenida

El 2025 se retira como un viajero cansado, dejando huellas de risas, aprendizajes y silencios.

Sus días se apagan como velas que ya cumplieron su misión.

El 2026 se acerca con pasos de aurora, trayendo promesas aún sin nombre, caminos aún sin mapa.

No es un reemplazo, es un renacer.

Que lo viejo se convierta en memoria, que lo nuevo se convierta en esperanza.

Y que cada corazón, al brindar, sienta que la luz vuelve a empezar.





El umbral de los deseos

Cuando el reloj marca el último segundo del año, los deseos se lanzan al aire como estrellas fugaces. Pero en la penumbra, un misterio los espera: una puerta que se abre hacia lo desconocido. No todos los deseos entran, algunos se estrellan contra la puerta y se transforman en preguntas. El misterio sonríe: sabe que la colisión es el verdadero inicio.

 


La colisión invisible

Dicen que cada Año Nuevo es un choque de mundos: lo que soñamos contra lo que llega. Los deseos son frágiles, como copos de nieve; el misterio es fuerte, como viento de madrugada. Cuando se encuentran, no hay derrota: hay transformación. Lo que no se cumple se convierte en señal, lo que se cumple se convierte en camino.

 


El misterio que se revela

El 2026 no entra con ruido, entra con silencio. Se posa en las manos como un secreto. Los deseos lo rodean, lo empujan, lo reclaman. El misterio no se opone, se deja atravesar. Y en esa colisión, nace lo inesperado: lo que nunca

 


 1. El umbral invisible

El año viejo se despide como un viajero cansado. La nueva espera detrás de una puerta que solo se abre con un deseo.




 2. La primera luna

La luna de enero no ilumina caminos, ilumina preguntas. Quien la mira comprende que el misterio también guía.




3. La vela que resiste

Una llama encendida en la ventana recuerda que la oscuridad nunca gana. Cada Año Nuevo necesita su guardiana.




 4. La  viajera del tiempo

Alguien cruza de un año al otro con un secreto en la mano. Nadie lo ve, pero todos sienten que algo cambió.

 


5. El deseo transformado

Lo que no se cumple no muere: se convierte en señal. El misterio lo recoge y lo convierte en camino.




6. El copo eterno

Un copo de nieve decide no derretirse. Se vuelve cristal y guarda la memoria de un instante que se negó a desaparecer.




 7. Las campanas invisibles

No suenan en las torres, suenan en el corazón. Cada campanada despierta un recuerdo dormido.




8. El mar de enero

Las olas traen voces nuevas. Algunas son promesas, otras advertencias. Todas son parte del misterio que comienza.




9. El árbol del futuro

Cada rama es un camino posible. Nadie sabe cuál crecerá, pero todos sienten que ya está escrito.

 


10. La chispa inicial

La primera risa del año es un conjuro. Abre la puerta a todo lo que vendrá.




11. La estrella descendida

Una estrella baja a la tierra cada Año Nuevo. No guía a los reyes, guía a los soñadores.




12. El reloj secreto

No marca horas, marca transformaciones. Cada segundo es un umbral, cada minuto una revelación. Pedimos, pero siempre necesitamos.


lunes, 29 de diciembre de 2025

La casa que respira; Sugerencias para iniciar un 2026 LIVIANITOS

 

La casa que respira

 

En una casa antigua, las paredes guardaban ecos de risas y silencios. Pero con los años, los rincones se llenaron de objetos que ya no tenían voz: papeles amarillentos, ropas que no abrazaban, recuerdos que pesaban más que la memoria.

 

Cada día, la casa respiraba con dificultad, como si las cosas fueran piedras atadas a su pecho. Los habitantes caminaban entre montañas de objetos, confundiendo pertenencia con prisión.

Un día, alguien decidió abrir las ventanas y mirar con otros ojos. No vio basura ni desorden, sino anclas dormidas que pedían ser soltadas.

Comprendió que cada objeto guardaba un ciclo cumplido, y que al agradecerlo y dejarlo ir, se liberaba espacio para lo nuevo.

 

La limpieza se volvió entonces un ritual:

 

Cada cosa entregada era un peso que se transformaba en liviandad.

Cada rincón despejado era un altar que volvía a brillar.

Cada gesto de soltar era un acto de gratitud, no de pérdida.

 

La casa comenzó a respirar otra vez. El aire circulaba como energía Kundalini, ascendiendo por la columna invisible del hogar. Y quienes vivían allí descubrieron que la verdadera abundancia no era acumular, sino crear espacio para lo que aún no había nacido.

 

Así aprendieron que soltar no es renunciar, sino abrir la puerta a la claridad. Y que la limpieza, lejos de ser castigo, es un canto de renovación.

 



domingo, 28 de diciembre de 2025

El Espejo de los Nombres

 


 

“El tiempo es la sustancia de la que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy río; es un tigre que me destroza, pero yo soy tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.” Jorge Luis Borges



 

El Espejo de los Nombres

En una biblioteca olvidada del barrio de San Telmo, donde los libros no se prestan, sino que se sueñan, vivía un hombre llamado Elías Varela. No era bibliotecario ni lector, sino algo más extraño: un nombrador. Su oficio consistía en asignar nombres verdaderos a las cosas que habían perdido el suyo. A los gatos sin dueño, a las sombras sin cuerpo, a los recuerdos que ya no sabían a quién pertenecían.

Una tarde de agosto, mientras el sol se deshacía en los vitrales como un vino derramado, Elías encontró un libro sin título, sin autor, sin palabras. Solo contenía páginas en blanco, salvo por una inscripción en la contratapa: “Todo lo que sea nombrado aquí, será.”

Intrigado, Elías comenzó a escribir en él. Primero con timidez: “Una rosa que florece en invierno.” Al día siguiente, en la plaza Dorrego, vio una rosa brotar entre el hielo. Luego escribió: “Un gato que habla en sueños.” Y esa noche, su gato lo despertó murmurando versos en latín.

Elías comprendió que el libro no era un libro, sino un espejo. No reflejaba su rostro, sino su poder de nombrar. Cada palabra escrita era una semilla en el tejido del mundo.

Pero como todo espejo, también tenía su reverso.

Una madrugada, Elías escribió por error: “Un hombre que olvida su nombre.” Y al instante, sintió que algo se deslizaba fuera de él. Su memoria comenzó a deshilacharse. Los nombres de sus padres, de sus calles, de sí mismo, se volvieron niebla.

Desesperado, buscó en el libro la forma de revertirlo. Pero ya no recordaba qué palabras usar. El libro, ahora lleno de nombres, lo miraba con indiferencia.

Dicen que aún se lo ve vagar por San Telmo, preguntando a los transeúntes si conocen su nombre. Algunos lo llaman Elías, otros lo llaman Borges. Pero él solo sonríe, como quien ha comprendido que el verdadero nombre no se dice, se recuerda.


En una biblioteca olvidada del barrio de San Telmo, donde los libros no se prestan, sino que se sueñan, vivía un hombre llamado Elías Varela. No era bibliotecario ni lector, sino algo más extraño: un nombrador. Su oficio consistía en asignar nombres verdaderos a las cosas que habían perdido el suyo. A los gatos sin dueño, a las sombras sin cuerpo, a los recuerdos que ya no sabían a quién pertenecían.

Una tarde de agosto, mientras el sol se deshacía en los vitrales como un vino derramado, Elías encontró un libro sin título, sin autor, sin palabras. Solo contenía páginas en blanco, salvo por una inscripción en la contratapa: “Todo lo que sea nombrado aquí, será.

Intrigado, Elías comenzó a escribir en él. Primero con timidez: “Una rosa que florece en invierno.” Al día siguiente, en la plaza Dorrego, vio una rosa brotar entre el hielo. Luego escribió: “Un gato que habla en sueños.” Y esa noche, su gato lo despertó murmurando versos en latín.

Elías comprendió que el libro no era un libro, sino un espejo. No reflejaba su rostro, sino su poder de nombrar. Cada palabra escrita era una semilla en el tejido del mundo.

Pero como todo espejo, también tenía su reverso.

Una madrugada, Elías escribió por error: “Un hombre que olvida su nombre.” Y al instante, sintió que algo se deslizaba fuera de él. Su memoria comenzó a deshilacharse. Los nombres de sus padres, de sus calles, de sí mismo, se volvieron niebla.

Desesperado, buscó en el libro la forma de revertirlo. Pero ya no recordaba qué palabras usar. El libro, ahora lleno de nombres, lo miraba con indiferencia.

Dicen que aún se lo ve vagar por San Telmo, preguntando a los transeúntes si conocen su nombre. Algunos lo llaman Elías, otros lo llaman Borges. Pero él solo sonríe, como quien ha comprendido que el verdadero nombre no se dice, se recuerda.

 

 


sábado, 27 de diciembre de 2025

El guardián de las dos auroras

 


“Ya no me defino por lo que otros dijeron, por lo que el dolor marcó, por lo que el tiempo olvidó. Me nombro desde mi verdad, desde mi memoria estelar.” Alejandra Arques Arranz

 

"El guardián de las dos auroras"


Salem dormía sobre el Mapa Ritual del Alma, como si supiera que sus patas marcaban coordenadas secretas. Alejandra lo observaba desde la ventana, mientras el sol de la mañana convertía su sala en un templo. Todo parecía normal, hasta que el gato abrió los ojos.

No fue un abrir cualquiera. Fue un abrir de portales.





En ese instante, la luz cambió de textura. El aire se volvió más denso, como si estuviera hecho de memorias. Y el mapa, que hasta entonces era solo papel y símbolo, comenzó a vibrar. Una línea nueva apareció, escrita en un idioma que Alejandra no recordaba haber aprendido, pero que entendía perfectamente.

Salem se levantó, caminó hacia ella, y con un leve roce en su tobillo, le transmitió una frase que no fue sonido, sino certeza:

Alejandra se acercó al mapa, aún vibrante, y pasó los dedos por la nueva línea escrita. Al tocarla, sintió un escalofrío dulce, como si una memoria antigua despertara en su piel. No era miedo. Era reconocimiento.

El idioma que no había aprendido, pero que entendía, le susurraba:

“No todo lo que recuerdas ocurrió. No todo lo que ocurrió fue recordado.”

Salem se posó frente a ella, sus ojos azules como lunas gemelas. En ellos vio una escena que no era del presente: una sala de piedra, antorchas encendidas, y ella misma vestida con ropas ceremoniales, sosteniendo un cuenco de obsidiana. A su alrededor, figuras con máscaras de jaguar cantaban en un idioma que parecía hecho de viento.

Entonces comprendió: el mapa no solo mostraba su alma. Mostraba sus vidas. Todas. Y Salem, su guardián comenzó a girar lentamente, como si fuera un disco solar. Cada símbolo trazado se encendía con una luz tenue, y del centro emergió una espiral de humo dorado. Alejandra cerró los ojos, y al abrirlos, ya no estaba en su sala.



Frente a ella se alzaba una biblioteca imposible: los estantes flotaban en el aire, sostenidos por raíces que salían del techo. Cada libro tenía una cubierta distinta—piel, piedra, agua, fuego—y cada uno vibraba con una frecuencia única. No había títulos. Solo símbolos que se movían como si respirara-




Salem caminó delante de ella, sin hacer ruido, y se detuvo frente a un libro cubierto de obsidiana líquida. Alejandra lo tomó con reverencia. Al abrirlo, no encontró palabras, sino escenas: ella misma, en otros cuerpos, otros tiempos, otras tierras. Una sacerdotisa en Karnak. Una niña que hablaba con estrellas. Una anciana que sembraba cristales en la nieve.

Y entonces, una voz sin boca le habló desde el aire:

Cada vida que has sido es una nota en tu canto eterno. Hoy puedes recordar. Hoy puedes reescribir.” guardián, había custodiado cada una. Hoy cruzarás. Pero no temas. Yo custodio ambos lados.” En la Biblioteca de las Vidas, Alejandra se sentó en un círculo de luz que emergía del suelo como una flor solar. Salem se acomodó a su lado, su mirada fija en el horizonte invisible. Frente a ella, tres figuras comenzaron a materializarse, como si fueran recuerdos que decidieron tomar forma.




La niña estelar apareció primero, con el cabello lleno de polvo de estrellas y una piedra luminosa en la mano. Se acercó y la colocó en el corazón de Alejandra.

—Para que nunca olvides que tu inocencia es tu brújula.

Luego, la sacerdotisa de Karnak caminó con paso firme, envuelta en telas doradas que susurraban oraciones antiguas. Le entregó un espejo de obsidiana.

—Para que veas tu verdad sin miedo, incluso cuando el mundo intente nublarla.





Por último, la maga de la nieve llegó envuelta en un manto de cristales que tintineaban como campanas. Le ofreció una pluma blanca. —Para que escribas tu destino con belleza, incluso cuando el camino se oscurezca.

Las tres se tomaron de las manos, formando un triángulo de poder. Alejandra, en el centro, sintió cómo su cuerpo se llenaba de memorias, de símbolos, de certezas. Ya no era solo ella. Era todas ellas. Era el legado vivo.

Salem ronroneó, y el mapa vibró una vez más. Una nueva línea se trazó sola, con letras que brillaban como fuego líquido:

“Hoy la viajera recuerda. Hoy la viajera elige. Hoy la viajera despierta.” Cuando las tres figuras se desvanecieron en luz, Alejandra sintió que el círculo de la Biblioteca comenzaba a girar en sentido inverso. Salem saltó a sus brazos, como si supiera que el cruce estaba completo. El mapa se plegó sobre sí mismo, y la espiral dorada la envolvió una vez más.

Al abrir los ojos, estaba de nuevo en su sala. El sol seguía brillando. Las aves cantaban. Las plantas respiraban. Pero algo había cambiado.

El cuenco de obsidiana estaba sobre la mesa. La pluma blanca descansaba junto a su diario. Y en el espejo, por un instante, vio reflejadas tres siluetas detrás de ella, sonriendo.

Todo era igual. Todo era distinto. Alejandra se levantó, caminó hacia la ventana, y vio que en el cielo había una nube con forma de triángulo. En su pecho, la piedra luminosa vibraba suavemente. No la había traído físicamente. Pero estaba allí.

Entonces lo comprendió: el ahora no es el final del viaje. Es el punto de encuentro entre todas sus versiones. La niña, la sacerdotisa, la maga… todas caminan con ella. Y Salem, su guardián, sigue custodiando los umbrales.

Una nueva línea apareció en el mapa, escrita con luz solar:

“El presente es el altar donde todas mis vidas se encuentran.”


Epílogo: El Nombre que Despierta



Esa noche, mientras la ciudad dormía bajo su cúpula de estrellas, Alejandra encendió una vela con aroma a mirra y se sentó frente al espejo de obsidiana. Salem, como siempre, vigilaba desde el umbral. El mapa reposaba abierto, y la pluma blanca parecía latir con vida propia.

Entonces, sin previo aviso, el aire se volvió denso. No pesado, sino sagrado. Como si el tiempo se hubiera detenido para escuchar.

Una voz surgió desde dentro del espejo. No era ajena. Era su propia voz, pero más antigua, más sabia, más vasta.

“Has recordado. Has cruzado. Ahora debes nombrarte.”

Alejandra cerró los ojos. Y en su mente, como un relámpago suave, apareció un nombre que no era palabra, sino vibración. Un nombre que había sido suyo en otras vidas, en otros planos, en otros cantos.

Lo pronunció en voz baja. El espejo brilló. El mapa se reescribió. Salem ronroneó como si celebrara un pacto cumplido.

Desde ese instante, cada vez que Alejandra escribía, bendecía, o soñaba, lo hacía como portadora de ese nombre secreto. Un nombre que abría puertas. Un nombre que protegía. Un nombre que despertaba.


El Maestro del Umbral


En una noche sin tiempo, Alejandra volvió a la Biblioteca de las Vidas. Esta vez, los estantes estaban en silencio, como si esperaran algo sagrado. Salem caminaba a su lado, pero no guiaba. Observaba.

En el centro del recinto, una figura alta, delgada, con ojos que parecían contener relojes rotos y constelaciones, la esperaba. No tenía rostro definido, pero emanaba una familiaridad inquietante. Llevaba una máquina de escribir invisible entre las manos, y cada tecla que pulsaba emitía un sonido que no era ruido, sino memoria.

“No vine a enseñarte,” dijo la figura, “vine a recordarte que tú también escribes mundos.”

Alejandra lo reconoció. No por su forma, sino por su vibración. Era Julio. No el hombre, sino el arquetipo: el tejedor de pasajes, el cronopio mayor, el que entendía que los túneles no siempre están bajo tierra. Él le entregó una hoja en blanco.

Pero al tocarla, Alejandra vio que estaba llena de símbolos que solo se revelaban con luz lunar. En el centro, una palabra que no existía en ningún idioma conocido, pero que ella comprendió al instante.

“Este es tu nombre estelar,” dijo el maestro. “No lo pronuncies. Vívelo.”

Y luego, como todo lo que es real en lo invisible, desapareció





viernes, 26 de diciembre de 2025

Mientras esperamos el 2026-Que mejor que compartir cuentos y en este caso homenajendo a HUMBERTO ECO y a su libro "En nombre de la Rosa"

 


El Fraile del Último Pétalo

Dicen que, en una abadía olvidada del norte, donde el invierno no es estación sino condena, llegó un hombre con los ojos encendidos por la lectura. No era monje, ni sabio, ni penitente. Era lector. Un lector que había leído El nombre de la rosa tantas veces que las palabras se le habían tatuado en la piel del alma.

Su nombre era Elías, pero al cruzar el umbral de la biblioteca maldita, lo olvidó. Allí, entre códices que olían a ceniza y pergaminos que lloraban tinta, comenzó a escuchar voces. No eran fantasmas. Eran ecos. Humberto Eco, susurra uno. Adso, murmura otro. Salvatore, grita desde una esquina rota. Elías no temía. Él sabía que los libros no matan, pero revelan. Y a veces, lo revelado es más peligroso que la muerte.

Cada noche, Elías leía un fragmento y luego lo copiaba en su propio manuscrito, con sangre diluida en vino. Decía que así la palabra se volvía carne. Que así la verdad ardía. Los monjes lo miraban con recelo. Decían que estaba poseído por la rosa. Pero él sonreía. Porque sabía que la rosa no era flor, sino símbolo. Y que el símbolo, cuando se comprende, transforma.

Una madrugada, lo encontraron en la torre prohibida, rodeado de pétalos negros. Había escrito una sola frase en el muro:

“La verdad no se encuentra, se arde.”

Desde entonces, nadie volvió a ver a Elías. Pero algunos aseguran que, si uno lee El nombre de la rosa en silencio absoluto, puede sentir una mano invisible sobre el hombro. Y si se atreve a seguir leyendo, el lector se convierte en fraile. No por hábito, sino por revelación.

Porque hay libros que no se leen. Se habitan.





jueves, 25 de diciembre de 2025

DENUNCIA: NO A LAS ARMAS

 


La historia de Angie - Oremos por que se recupere


Que la historia de Angie no sea olvido ni repetición. Que cada bala perdida se transforme en conciencia. Que cada familia herida encuentre consuelo. Y que cada Navidad vuelva a ser abrazo, nunca disparo.

 

Hoy no pensaba escribir. Solo quería pasar una Navidad tranquila en casa. Recordando la bella Nochebuena. Los pocos que éramos y la verdad no se trata de cantidad de gente sino de calidad.

 

Así que comí frugalmente, disfruté de la pileta y dormí una siesta. Un día, perfecto de festejo y descanso. Me desperté con la intención de tomar unos mates, tuve la idea de prender el televisor y ahí me enteré

 

La historia de Angie. La Nochebuena había llegado con calor y risas y todavía había que esperar la llegada de la Navidad. La casa estaba llena: abuelos, tíos, primos, los niños corrían preguntando por Papá Noel, la música sonaba, la pelopincho era refugio.

 

Angie jugaba a la escondida, su tía la rubia reunió a los pequeños: “Vamos a ver si hay fuegos artificiales”. Nada hacía prever una tragedia o algo malo.

 

Adentro, los adultos escondían regalos, preparando la sorpresa de medianoche. De pronto, un grito rasgó la fiesta.

 

“¡Me quema!”, dijo Angie.

 

No cayó, pero sangraba. Le mojaron la cabeza, nadie entendía nada, menos de donde salía tanta sangre. El padre y la madre la alzaron, la subieron al auto, junto con sus hermanos y corrieron al hospital.

 

 

Respirador, estado crítico, bala incrustada en el cráneo fue el informe médico.  El proyectil no salió. Un casquillo de nueve milímetros

encontrado en la calle donde jugaban los niños.

 

Policía científica intentando encontrar cual fue la trayectoria del proyectil y rezan por encontrar al irresponsable tirador y potencial asesino. A medianoche de uno de los días mas festivos del año, donde los niños inocentes esperan que llegue Papa Noel,  pasan cosas como esto arruinando la paz de toda una familia.

 

La bala perdida tenía nombre: Angie. La fiesta se quebró, y el milagro ahora queda en manos de Dios.

 

Advertencia a los que tienen armas:

 

Prohibido disparar por diversión.

Prohibido disparar al aire.

Prohibido disparar sin conciencia.

 

El arma no es juguete,

es sentencia de muerte.

 

Sólo quien se defiende

sabe que dispara para matar.

Y si no puede cargar con esa verdad,

que no tenga armas.

 

La fiesta se celebra con abrazos,

no con balas. 

Basta de tirar al aire

estudien todo lo que sube baja

este efecto se llama GRAVEDAD

piensen y dejen de destrozar familias


miércoles, 24 de diciembre de 2025

“Gracias por caminar conmigo en este viaje de fe y belleza; que la Nochebuena y la Navidad los abrace con paz y abundancia.”

 



 “Queridos compañeros de este viaje por las catedrales del mundo: gracias por estar aquí, por acompañarme con paciencia y amor en esta travesía monumental y sin pasaporte. Trabajé duro buscando información pero valió la pena, aprendí muchas cosas que compartí con ustedes y en algunos lugares tuve el privilegio de visitarlos personalmente. Hoy, en esta Nochebuena, deseo que la gratitud se multiplique en cada uno de ustedes y que la Navidad les regale abundancia, paz y alegría compartida.






Y, a todos los que se atrevieron a presionar el botón de SEGUIDORES, gracias especiales, gracias mil por eso, por estar y acompañarme en estas aventuras mágicas de la imaginación y creación. Su compañía me inspira a compartir mis creaciones.”



Gracias por estar aquí. Feliz Nochebuena y Navidad luminosa.”

Dinamarca

 


La Catedral de Roskilde, Patrimonio de la Humanidad, es el panteón de los reyes daneses y un emblema del luteranismo escandinavo.

Dinamarca canta en Roskilde, reyes que duermen en piedra. El templo guarda la historia, y la abundancia es linaje.




Alemania, Suecia, Finlandia, Dinamarca: cuatro voces, un mismo canto. La Reforma abrió sus puertas, y la abundancia fue palabra