El banquero que quiso
comprar el tiempo
(Inspirado en la figura
Rothschild)
El banquero no tenía
rostro. Solo relojes. Miles de relojes que no marcaban la hora, sino la deuda.
Cada vez que un niño nacía, el banquero le asignaba un reloj invisible. Y cada
vez que una madre lloraba, él ajustaba la tasa. No hablaba. Sus palabras eran
cláusulas. Sus abrazos, embargos. Su ternura, intereses compuestos.
El banquero no dormía.
Soñaba con comprar el tiempo. Con patentar el aire. Con alquilar la lluvia. Con
cobrar por cada latido.
Pero un día, en un barrio
sin bancos, una mujer encendió una vela. No tenía oro, pero tenía memoria. No
tenía acciones, pero tenía canto. No tenía poder, pero tenía un hijo que aún
soñaba.
Y cuando el niño rió, el
reloj se detuvo. Y cuando la madre lo abrazó, el sistema colapsó. Porque el
banquero no entendía el amor sin deuda. Ni el tiempo sin precio. Ni la vida sin
contrato.
Y así, el banquero se
volvió polvo. Y el barrio, canción.

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