El alquimista de las
causas
(Inspirado en George
Soros)
El alquimista no usaba
oro. Usaba causas. Usaba crisis. Usaba palabras que brillaban como promesas.
Decía que quería libertad. Decía que financiaba justicia. Decía que ayudaba a
los pueblos. Pero cada gesto venía con una red. Cada red con una cláusula. Cada
cláusula con una deuda invisible.
El alquimista no lloraba.
No temblaba. No recordaba. Solo distribuía. Dinero, discursos, movimientos.
Convertía la indignación en estrategia. La esperanza en herramienta. El dolor
en inversión.
Cada vez que un país
ardía, él aparecía con soluciones. Con fundaciones. Con estructuras. Con
salvación empaquetada. Y cada vez que un barrio se organizaba sin él, algo en
su sistema fallaba.
Pero en un rincón del
mundo, una mujer abrazó a su hijo sin permiso. Sin ONG. Sin protocolo. Sin
financiamiento. Y el niño, sin plan estratégico, sin narrativa oficial, sonrió.
El alquimista lo vio. No
entendió. No pudo medirlo. No pudo financiarlo. No pudo convertirlo en causa.
Y por primera vez, la red
se rompió.

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