La niña que guarda
semillas
La niña miraba la tierra
seca y preguntaba:
—¿Qué es esto que arranca
las raíces?
No esperó respuesta.
Guardó semillas en sus bolsillos, como si fueran tesoros.
Cada semilla era una
promesa: volverán los árboles, volverá la sombra fresca.
El niño que canta
El niño escuchaba el
estruendo que todo rompía y preguntaba:
—¿Por qué mi canción no
basta?
Entonces cantó más fuerte,
con voz temblorosa pero firme.
Su canto se convirtió en
refugio, un techo invisible que protegía a quienes lo escuchaban.
El adolescente que
escribe en las paredes
El adolescente miraba los
muros quebrados y preguntaba:
—¿Quién los quebró?
No esperó respuesta. Tomó
un carbón y escribió en cada grieta: esperanza.
Las paredes se llenaron de
palabras, y la ciudad recordó que todavía latía.
El coro de la infancia
La niña abrió sus
bolsillos y dejó caer las semillas sobre la tierra rota.
El niño levantó su canto y
lo mezcló con el viento.
El adolescente escribió en
las paredes: esperanza.
Entonces, las semillas
comenzaron a brotar, el canto se volvió río, y las palabras se encendieron como
faroles.
Los mutilados, los
hambrientos, los condenados, levantaron la cabeza y vieron que todavía había un
lenguaje que los nombraba.
Ese lenguaje era el coro
de la infancia, un ejército de ternura que desafiaba al poder de lo que
destruye.

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