miércoles, 29 de abril de 2026

 




La niña que guarda semillas

 

La niña miraba la tierra seca y preguntaba:

—¿Qué es esto que arranca las raíces?

No esperó respuesta. Guardó semillas en sus bolsillos, como si fueran tesoros.

Cada semilla era una promesa: volverán los árboles, volverá la sombra fresca.

 


El niño que canta

 

El niño escuchaba el estruendo que todo rompía y preguntaba:

—¿Por qué mi canción no basta?

Entonces cantó más fuerte, con voz temblorosa pero firme.

Su canto se convirtió en refugio, un techo invisible que protegía a quienes lo escuchaban.

 


El adolescente que escribe en las paredes

 

El adolescente miraba los muros quebrados y preguntaba:

—¿Quién los quebró?

No esperó respuesta. Tomó un carbón y escribió en cada grieta: esperanza.

Las paredes se llenaron de palabras, y la ciudad recordó que todavía latía.

 


El coro de la infancia

 

La niña abrió sus bolsillos y dejó caer las semillas sobre la tierra rota.

El niño levantó su canto y lo mezcló con el viento.

El adolescente escribió en las paredes: esperanza.

 

Entonces, las semillas comenzaron a brotar, el canto se volvió río, y las palabras se encendieron como faroles.

 

Los mutilados, los hambrientos, los condenados, levantaron la cabeza y vieron que todavía había un lenguaje que los nombraba.

 

Ese lenguaje era el coro de la infancia, un ejército de ternura que desafiaba al poder de lo que destruye.

 



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