Fragmento VIII – La
hospitalidad irlandesa, fuego compartido
En Irlanda, la
hospitalidad es más que una costumbre:
es un fuego que nunca se
apaga.
En cada casa, en cada
pueblo,
se abre la puerta al
viajero,
se ofrece pan, música y
palabra,
como si la amistad fuera
un deber sagrado.
Ese gesto sencillo es raíz
de comunidad:
recordar que nadie está
solo,
que la vida se sostiene en
la mesa compartida,
en la risa que se ofrece
sin pedir nada a cambio,
en la calidez que
convierte al extranjero en hermano.
Sin duda, este homenaje se
une a esa tradición:
porque el pacto amoroso
también es hospitalidad,
es abrir el corazón como
se abre una puerta,
es ofrecer compañía como
se ofrece un fuego en la noche.
Así, Irlanda y este
manifiesto se encuentran en un mismo gesto:
la certeza de que la
fraternidad no se proclama,
se practica, se vive, se
comparte.

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