A Cristina Siri – En tu
sagrada memoria
Un 29 de abril
emprendiste tu último vuelo.
Esa madrugada me regalaste
tu despedida: un sueño lúcido, tu voz serena, tu sonrisa suspendida en la
oscuridad. Fue tu última lección: enseñarme a elegir, a confiar, a seguir.
Desde entonces, cada vez
que escribo, cada vez que leo entre líneas, estás conmigo. Tu legado no está en
diplomas ni manuales, sino en la forma en que me enseñaste a mirar el mundo con
ojos de poeta, a encontrar lo sagrado en lo cotidiano.
Elegí el ángel rosado: la
ternura, la intuición, la entrega. Y entendí que tu partida no fue fin, sino
consagración. Tu ausencia se volvió presencia, tu silencio palabra, tu partida
inicio.
Hoy te nombro raíz y alas.
Gracias por tu última lección, por recordarme que la escritura nos elige, y que
el dolor, cuando se honra, se transforma en luz.
En cada
palabra que nace, estás vos.
Epilogo:
Lo que nunca te dije
Es que
hay mujeres
que somos como el mar
y que a veces los mares
se alimentan de naufragios
y que a veces el mar ruge
de tanto cansancio
Y que a
veces la playa no existe
Mi amor
no existe
María
Cristina Siri
Alejandra dice:
Hoy te escribo con la voz
que me diste.
Con la flama que
encendiste.
Con la libertad que
sembraste en mí.
Cristina responde:
Soy el mar que ruge,
la palabra que no se
apaga,
el ángel que elegiste en
la negritud.
Ambas susurran:
Somos escritura.
Somos vuelo.
Somos el relámpago que
ilumina sin pedir permiso
Uniendo dimensiones
invisibles
Porque hay vínculos que no
mueren,
hay palabras que no se
apagan,
y hay maestras que se
convierten en constelaciones.
Hasta volvernos a ver,
amiga.

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