“Y en
medio del ruido de las armas, nació un silencio distinto: el de quienes se
negaron a seguir. Ese silencio, aunque pequeño, fue más fuerte que las órdenes.
Porque allí estaba la promesa de que la vida, tarde o temprano, nos volverá a
encontrar."
El soldado del umbral
En la trinchera, el
soldado escuchaba las órdenes como si fueran rugidos de un demonio. “Disparen,
avancen, arrasen.” Pero dentro de él había un murmullo distinto: la voz de su
madre, el recuerdo de un niño que alguna vez fue, la certeza de que obedecer
era traicionar su propia humanidad.
El campo estaba lleno de
sombras: mutilados, enfermos, psicópatas que se disfrazaban de héroes bajo el
escenario bélico. El soldado comprendió que todos eran víctimas, incluso los
que creían mandar. Porque la barbarie no distingue entre banderas: arrasa con
bebés, con ancianos, con médicos, con soldados.
Entonces, en medio del
estruendo, el soldado se detuvo. No disparó. Bajó el arma y miró a sus
compañeros. Algunos lo siguieron, otros dudaron. Pero en ese gesto mínimo nació
la disidencia: la rebelión contra el demonio que los gobernaba.

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