LA SIRENA DE
RIO
Hay un barco hundido en el cieno oscuro. Lleva,
enterrado en el fondo, varios siglos. Cuando el mar dulce, embravecido lo
sacude, emerge de sus cavidades una solitaria sirena. Es tan hermosa en
plateada desnudez, que los pocos que la han visto se convencieron luego de que
fue un sueño, alucinación o delirio.
En su solitario nicho teje una red interminable de
hilo de algas, ella existe. El río, al cabo de un año, deshace el trabajo en
una tumultuosa tormenta cíclica, durante siglos.
La sirena del río teje con paciencia de Penélope
mientras el agua lame sus sedosos mechones oscuros. Permite que la marea
nocturna la deposite suavemente en la playa y siente; y siente sobre las
escamas de su cola, derramarse la plata líquida de la luna. Algunas noches de
invierno, en la costa desierta aparece en la orilla.
En el instante anterior de la salida del sol se deja
arrastrar por las olas para sumergirse en el agua. La huella, impresa en el
barro de la playa, denuncia una presencia leve y el viento de la mañana arremolina
algunas escamas iridiscentes.
El capitán de la flota Don Juan Carlos Bermúdez perdió
el rumbo sin remedio por el repentino enamoramiento y locura. Don Juan Carlos,
el capitán que tumbado en cubierta buscaba en las estrellas, la figura
portentosa que lo encandiló una noche de vigilia. En la hora de su naufragio y
de su muerte, la maldijo, haciéndola prisionera eterna en el esqueleto de su
navío.
El hechizo no se romperá, mientras el nombre del
capitán sea pronunciado.

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