Relato inspirado en PERDIDA
El navegante había sido
dueño de rutas y horizontes. Confiaba en las estrellas, en la brújula, en el
sextante que le devolvía certezas. Cada travesía era un desafío, cada puerto un
descubrimiento.
Pero un día, el mar dejó
de ser aliado y se volvió espejo de su alma. Ya no eran las olas las que lo
amenazaban, sino el dolor sin límites que lo atravesaba. Un desamor, una
indiferencia, una ruptura, quizás una muerte: no importaba el origen, lo cierto
es que la herida era más vasta que cualquier océano.
El capitán perdió su
rumbo. Su transatlántico, símbolo de fuerza, se convirtió en un barco de papel.
Las estrellas se apagaron, el cielo y el mar se confundieron, y la esperanza se
anegó en aguas turbias.
El mar, infinito y oscuro,
se transformó en metáfora de lo que no tiene límites: la profundidad del alma
herida. Allí, el navegante comprendió que su dolor no era humano solamente, era
cósmico, desbordaba la medida de lo soportable.
En medio de esa tormenta,
una gaviota persistió en su memoria. No era un signo de salvación plena, pero
sí un latido de vida que se negaba a extinguirse. El mar podía envolverlo en su
sudario, pero también podía ser cuna de un nuevo viaje.




