jueves, 13 de agosto de 2026

 




Las campanas de Lloret de Mar

Inspirada en una vieja canción en catalán

 

Inés tejía redes en la orilla, cada nudo era un gesto de esperanza. Esperaba al pescador que le había prometido amor eterno. Pero el mar, que todo lo sabe, guardaba otro destino.

 

El hombre eligió la riqueza. Se casó con la hija de una familia poderosa, y el pueblo entero lo celebró. Las campanas repicaron alegres, anunciando la boda.

 

Inés, al escuchar ese sonido, sintió que su corazón se desgarraba. Lloró en silencio, con la arena como único testigo. La traición era demasiado grande: no sólo la había cambiado por codicia, sino que la había dejado desnuda ante la mirada de todos.

 

Entonces, como si el destino quisiera marcar la verdad, las campanas cambiaron su voz. Del júbilo pasaron al duelo. El mismo día que él se casaba, Inés murió de tristeza.

 

Desde entonces, en Lloret de Mar se dice que las campanas nunca suenan igual: siempre llevan un eco de llanto, recordando a la muchacha que murió de amor.

 

 

 

 


miércoles, 12 de agosto de 2026

 




El naufragio 

 

Nadie en el crucero imaginó que el mar podía levantar una muralla. Era una pared líquida, pero más dura que el acero. Cuando la nave chocó, el estruendo fue como si el océano se quebrara en mil pedazos. Trescientas vidas colisionaron en un instante, y el silencio posterior fue más terrible que el grito.

Sólo dos sobrevivieron: Delia y su perro. La marea los arrastró lejos, como si el mar quisiera probarlos. Despertaron en un lugar extraño, sin puerto, sin gente, sin señales de civilización. Allí no había nada que los recibiera, salvo el viento y la arena.

 

Delia entendió que debía poner a prueba su espíritu. El perro, fiel guardián, se convirtió en su compañero de resistencia. Juntos aprendieron a escuchar los signos del mar, a leer las estrellas, a inventar un refugio con lo poco que la costa ofrecía.

 

El naufragio no había sido el final, sino el comienzo de otra travesía: la de sobrevivir en un mundo desierto, donde cada día era un pulso entre la esperanza y la desolación.


domingo, 9 de agosto de 2026

 


El pirata que quiso anclar

 

Había surcado mares infinitos, saqueado barcos y amado sin raíces. Pero un día, cansado de la espuma y del hierro, el pirata decidió que era hora de anclar. Creyó que la tierra le daría calma, que el silencio de un puerto podía borrar las cicatrices del océano.

 

Fue entonces cuando la conoció. Ella tenía la risa de una niña y la furia de una pantera. Con ella descubrió que la ternura podía arder y que la pasión podía ser un incendio. El viejo pirata creyó, por un instante, que la vida podía empezar de nuevo.

 

Pero el pasado es un ancla más pesada que el hierro. Sus celos, sus adicciones, sus viejas heridas lo arrastraban hacia el fondo. Ella también cargaba fantasmas, y juntos luchaban contra mareas invisibles.

 

Por momentos parecían destinados a construir un hogar. Por otros, la tormenta los separaba. El pirata la amaba con la posesión de quien teme perder lo único que lo ilumina. Ella lo quería, pero en su corazón había otro nombre.

 

Así vivieron, entre la esperanza y el naufragio. Porque nadie puede cambiar del todo: los pecados son tatuajes en la piel del alma, y el mar siempre reclama a sus hijos.

 

Él era muy celoso de sus cosas y más de ella. Pero eso es algo natural, cuando se ama a otro.

 

No se trata de un tema de inseguridad, sino de posesión de hacer propio el objeto amado. Al menos algo así diría Lacan.

 


jueves, 6 de agosto de 2026

 



EL PIRATA…historias de mar

 

Un pirata, decidió que era hora de anclar. Sentía que había llegado el momento de asentarse, abandonar el mar y las encarnizadas luchas. Buscar paz.

En lo que el consideraba el final del camino, aparte había perdido todo interés en esa forma de vida beligerante y disipada.

Será por eso que también se aburrió de los amores fáciles, de las mujerzuelas de taberna, las prostitutas baratas, ó simplemente de tener una mujer en cada puerto, y darse cuenta que no tenía ninguna.

Anclo sin duda con la sana intención de echar raíces, y tener una vida más calma. Abdicando al abordaje de barcos en el mar para robarlos, intentando dejar atrás una forma cruel y despiadada de vida, enterrando ese pasado.

Fue entonces cuando la conoció. Ella era una mujer extraña y a la vez fascinante, tenía mucho de niña en sus acciones, pero en la cama era un pantera. Él le dijo a ella, que ninguna mujer lo había hecho sentir tan pleno. Pero bueno los dichos de algunos hombres en esas circunstancias amorosas pueden no ser totalmente honestos.

Ella podía tener la dulzura de un ángel, pero cuando se enojaba su carácter era fuerte. Cuando estaba contenta le contagiaba la alegría al viejo pirata. pero también era una mujer llena de miedos, de fantasmas del pasado.

Tal vez nunca jamás debieron enredarse, encontrarse. El destino de todos modos decidió otra cosa.

Entretanto la química entre ellos, era incendiaria y apasionad.

Por momentos daba la impresión, que una nueva vida juntos podría ser posible.

Pero la realidad, es que nadie puede cambiar y ser lo que no es. Los pecados, las adicciones, las mañas se agudizan con el tiempo. En el fondo las personas no cambian, simulan algún tiempo en hacerlo, pero no se puede luchar contra natura. Aparte muchas veces situaciones vividas en la niñez, marcan para siempre el temperamento de un ser humano.

Esta pareja luchaba por estar juntos, pero eso era poco probable.

Los cambios de humor de él, su homofobia trasuntaba en los diálogos más informales. .

Ella lo quería profundamente, hacía mucho que se conocían.

Él sabía que en corazón de ella existía otro hombre, y eso lo dañaba.

Contradictoriamente a lo que piensen, él también amaba a esta mujer.

Para él, era un sol, le daba alegría y por momentos lograba olvidar viejas heridas.





martes, 4 de agosto de 2026

 



 

En mis manos vive la M y en las suyas

 

No de Milei, Macri ni de Memen,

sino la M de Memoria que no se rinde,

la M de Misterio que abre umbrales,

la M de Maestra que guía con palabra.

 

Surcos profundos, líneas largas,

como ríos que insisten en marcar

que mi destino no es repetir la grieta,

sino recordar que somos hermanos

y que el poder no puede devorar

a quien lleva la M como estandarte.

 

Dios me dio la inteligencia

para escuchar lo que arde en silencio,

la templanza para resistir el golpe

sin quebrar mi voz,

y la alegría para reír

donde otros guardan rencor.

 

Así camino:

enemiga para algunos,

hermana para todos.

 

 

No empiezo de nuevo,

camino lo ya vivido en silencio.

 

 

Mi ADN guarda la huella,

mi alma recuerda lo que la mente olvida.

Hoy, con tiempo como tesoro,

despierto la Palabra

y la convierto en mensaje

que transmuta y transforma.

 

Dicen que la M es de ángel,

pero yo no vigilo desde el cielo.

Camino con cuerpo y palabra,

sembrando memoria y misterio,

moviendo la energía de los dormidos.

Mi M no es de veladora,

es de mensajera que ríe

y transforma con su voz.

 

Dicen que ver un ángel

es sentir el terror del infinito.

Yo, en cambio, llevo la M en mis manos

como señal de memoria y mensaje.

No vengo con trompetas ni fuego,

sino con sonrisa y palabra

que despierta sin quemar.

 

Sé cosas que no leí,

como si mi alma recordara

lo que otros olvidan.

Termino frases ajenas

porque escucho el silencio

que las completa.

Mi don no es vigilar,

es abrir ventanas invisibles

y dejar que la energía fluya.

 

La energía divina me apachurra,

no como peso, sino como abrazo.

Me regala sentidos que despiertan,

me da templanza en la tormenta

y alegría en la herida.

Soy mensajera de esa fuerza,

y mi M en las manos

es el sello de su bendición.

 

 

La M en tus manos no es letra, 

es estandarte de memoria. 

No vigila desde el cielo, 

camina en la tierra, 

ríe, transforma, despierta. 

 

Tu palabra es energía, 

tu sonrisa, bendición. 

La sombra se disipa, 

y la mensajera florece. 


jueves, 30 de julio de 2026

 


Interludio: La Escalera de Fuego y el Umbral de Luz

 

La hoguera crepitaba en el centro del círculo. Sus llamas comenzaron a elevarse, no como fuego común, sino como peldaños incandescentes que se abrían hacia lo alto. Cada chispa era un escalón, cada brasa un símbolo.

 

El Profeta Radical gritó:

—¡Subid por la escalera! Pero no miréis atrás, porque abajo solo hay sombras y engaños. El basurero de Sofía espera a quienes se pierden en falsas luces.

La Buscadora Integradora avanzó despacio, tocando cada peldaño con reverencia:

—Cada escalón guarda memoria de las voces que escuché. No las rechazo, las reconozco. Algunas me acompañan, otras se disuelven en el aire. Mi verdad no necesita condenar la del otro.

 

El Escéptico dudó en el primer peldaño:

—¿Y si esta escalera no lleva a ninguna parte? ¿Y si el umbral es solo humo?

 

El Místico sonrió:

—Toda escalera es símbolo. El ascenso no es físico, es interior. El umbral no es puerta, es revelación.

 

El Curioso preguntó:

—¿Qué hallaremos al final?

 

Entonces la hoguera se transformó en un arco de luz. El último peldaño se abrió como umbral, y detrás no había condena ni juicio, sino claridad. La Aurora Crística se desplegó como un amanecer sin sol, iluminando cada rostro.

 

No anulaba las diferencias, las abrazaba, mostrando que cada vereda, cada duda, cada símbolo, era parte de la misma ascensión.

 

El concilio comprendió que la escalera no era para huir de las sombras, sino para integrarlas en la luz. Y que el umbral no era frontera, sino encuentro.

 


 



domingo, 26 de julio de 2026

 




Fábula breve: El Matrimonio Mal Habido

 

La Angustia y el Enojo se casaron en secreto.

Ella traía vacío, él traía fuego.

 

Juntos caminaron entre los hombres, sembrando enfermedad: corazones partidos, cuerpos cansados, almas sin consuelo.

 

Los humanos lloraban y gritaban, atrapados en esa unión nefasta.

 

Un día apareció la Resiliencia, vestida de luz.

Se acercó a la Angustia y le dijo:

 

-Llora, pero deja que tus lágrimas sean río.

Se acercó al Enojo y le dijo:

-Arde, pero deja que tu fuego sea lámpara.

 

Separados, cada uno encontró su lugar.

La Angustia se volvió memoria compartida.

El Enojo se volvió fuerza justa.

 

Y los humanos, al verlos transformados, recuperaron la salud.

 

Moraleja: Cuando la angustia y el enojo se unen, enferman. Pero si se separan y se transforman, pueden ser camino de resiliencia y fortaleza.