Relicario II
– El ángel rosado
En la negritud
infinita del sueño, ella apareció.
Cristina,
incorpórea, delineada por una aureola de luz que nacía de su cuello,
con el rostro
bello y pálido como una luna que se despide.
Estábamos las
dos suspendidas en un espacio sin tiempo,
donde el
silencio era absoluto
y la única
vibración era su presencia.
No podía verme.
Ni mis manos,
ni mi cuerpo, ni mi rostro.
Solo flotaba,
envuelta en dudas y miedos,
esperando —como
tantas veces— su palabra contenedora,
su consejo, su
forma maestra de guiarme.
Y entonces,
ella me mostró los ángeles.
De diferentes
tamaños y colores, suspendidos como estrellas.
El azul me
hablaba de sabiduría, de estructura, de lo aprendido.
El rosado… era
otra cosa.
Era entrega,
intuición, ternura.
Era el salto al
vacío.
—¿Por qué debo
elegir solo uno? —pregunté.
—Este es tu
momento. Es tu tiempo —me dijo con voz pausada y segura—.
Sé que elegirás
el ángel correcto.
Yo ya no puedo
ayudarte.
Esta es mi
última lección.
De aquí en más,
vos decidirás por vos misma.
Para eso te
preparé.
Desperté con
lágrimas que no podía contener.
El reloj
marcaba las 4:30 AM.
El cuerpo
temblaba.
El alma
entendía.
Elegí el ángel
rosado.
No por su
color, sino por lo que representaba:
la libertad de
ser,
la magia de
confiar,
la ternura como
fuerza.
Desde entonces,
cada vez que dudo,
cada vez que
escribo,
cada vez que acompaño
a otro ser en su vuelo,
recuerdo su
sonrisa suspendida en la negritud.
Y sé que está
ahí.
No como cuerpo, sino como constelació
Afirmación
ritual
Hoy elijo el
ángel rosado.
Hoy confío
en mi intuición.
Hoy abrazo
la ternura como fuerza.
Porque esta
es mi hora,
y yo fui
preparada para volar.
