Relicario VII – La sacerdotisa
No tenía
nombre.
O quizás lo
tuvo, pero fue borrado por el tiempo,
por los hombres
que temieron su poder,
por los siglos
que quisieron silenciar su voz.
La vi en un
sueño,
sentada frente
a un altar de obsidiana,
con los ojos
cerrados y el corazón abierto.
Su piel era
tierra,
su voz era
agua,
su mirada era
fuego.
No me habló con
palabras.
Me habló con
símbolos.
Con humo, con
estrellas, con gestos que reconocí sin haber aprendido.
Me mostró el
mapa ritual del alma,
con sus
heridas, sus guardianes, sus legados.
Me dijo que yo
era continuación.
Que su sangre
vibraba en la mía.
Que su
sabiduría no se perdió:
solo estaba
esperando ser recordada.
Desde entonces,
cada vez que medito,
cada vez que
escribo,
cada vez que
toco el corazón de otro ser,
la siento
cerca.
Como guía.
Como eco.
Como fuego que
no se apaga.
Este relicario
no se guarda en objetos.
Se guarda en
actos.
En decisiones.
En la forma en
que elijo vivir mi espiritualidad.
Yo soy su hija.
Su discípula.
Su espejo.
Afirmación
ritual
Hoy
reconozco a la sacerdotisa que vive en mí.
Hoy honro su legado, su fuego, su silencio.
Hoy soy canal, guía, viajera.
Porque su sabiduría no murió:
me eligió para continuarla.
