Los mercaderes del
brillo
En Sudán, la tierra
guardaba tesoros bajo la arena: oro, diamantes, piedras que brillaban como
estrellas enterradas. Los aldeanos las miraban con respeto, sabiendo que eran
parte de la memoria de sus ancestros.
Un día llegaron hombres
con sombreros duros y botas de cuero. No hablaban la lengua del pueblo, pero
todos entendieron lo mismo: saqueo. Traían fusiles y contratos escritos en
papeles que nadie podía leer.
—Esto es progreso —decían
los mercaderes—.
Pero el progreso era
hambre.
El progreso era cadenas
invisibles.
El progreso era niños
escondidos en bolsas, mujeres sembrando vacío, hombres cargando derrotas.
Las piedras viajaban
lejos, hasta vitrinas en Europa, donde brillaban en los dedos de los ricos.
Nadie hablaba de la sangre que las acompañaba. Nadie nombraba a los muertos que
habían quedado bajo la arena.
Los mercaderes se fueron,
dejando tierra arrasada, aldeas vacías y generaciones sin futuro.
Pero en la noche, junto al
fuego, alguien susurró:
—Nuestra sangre es la
misma que la de todos.
Y ese susurro se convirtió
en relato, en semilla, en resistencia.
