La Escuela
de la Pitia
Parte II: El
Reciclaje de la Voz
Se ha dicho que
la Pitia muere. Se ha dicho que la Pitia no muere. Ambas afirmaciones son
ciertas. La mujer que encarna la voz del oráculo envejece, se desvanece, se
convierte en polvo. Pero la voz, que no es suya, permanece. Se traslada. Se
recicla.
No hay
ceremonia para el traspaso. No hay palabras. Solo un gesto: la antigua Pitia
entrega una piedra a la nueva. No cualquier piedra. Una que ha sido lavada por
tres lunas y tres lágrimas. La piedra no tiene inscripción, pero contiene el
designio.
Eurídice, ahora
Pitia, no recuerda su nombre anterior. Lo ha olvidado por mandato. Lo ha
olvidado para que la voz no se confunda. Las discípulas la miran con
reverencia, pero también con temor. Saben que alguna de ellas será la próxima.
Saben que la elección no depende de méritos, sino de resonancia.
La
escuela sigue sin muros. El tiempo allí no transcurre: se repite. Borges lo
habría entendido. Habría escrito que “la voz del oráculo es una forma del
eterno retorno, una cifra que se pronuncia en distintos cuerpos pero que no
cambia.”
Una noche, la
nueva Pitia pronuncia un oráculo que nadie comprende. Las discípulas lo anotan
en tablillas de cera. Lo repiten en sueños. Lo murmuran frente al mar. Años
después, una de ellas lo entenderá. Será el signo de su elección.
Así se recicla
la voz.
Así se recicla
el misterio.
Así se recicla
la sombra.
