La Atlántida —
Antigüedad clásica
Estación del continente
sumergido
En los diálogos de Platón,
la isla resplandece como espejo de soberbia y castigo. La Atlántida no es sólo
ciudad perdida: es advertencia. Sus columnas se hunden en el mar como un eco de
lo que ocurre cuando el poder olvida la medida. En el ciclo coral, queda como
mito fundacional de la nostalgia: lo que nunca existió y, sin embargo, todos
recuerdan.
Narrativa:
La Viajera en la
Atlántida
La viajera llegó al borde
del océano, donde las aguas guardan secretos más antiguos que las montañas.
Allí, en la memoria de Platón, la Atlántida resplandece como espejo de soberbia
y castigo.
No es sólo ciudad perdida:
es advertencia. Sus columnas se hundieron en el mar como un eco de lo que
ocurre cuando el poder olvida la medida. La viajera escucha ese rumor en las
olas: un continente que se creyó eterno y fue devorado por su propio exceso.
En el ciclo coral, la
Atlántida queda como mito fundacional de la nostalgia: lo que nunca existió y,
sin embargo, todos recuerdan. La viajera la contempla como estación del
continente sumergido, donde las ruinas invisibles se convierten en símbolos.
Cada piedra hundida es una
palabra que no se dijo, cada templo perdido es un sueño que se quebró. Y sin
embargo, en la memoria colectiva, la Atlántida sigue viva: como promesa, como
advertencia, como espejo.
La viajera se aleja
sabiendo que no se trata de encontrar la isla, sino de escuchar su lección: el
poder sin medida se hunde, pero el mito permanece.
