Kodama, la
que heredó el oráculo
No era una
Pitia anónima. Era la que escuchó a Borges antes de que el mundo lo entendiera.
La que lo acompañó en los viajes, en las traducciones, en los silencios. La que
sostuvo su ceguera como si fuera un templo. La que leyó lo que él ya no podía
ver, y lo convirtió en señal.
Kodama no
lloraba en público. No hablaba de sí misma. Pero cada gesto era una coordenada.
Cada defensa de su legado, una forma de decir: “Él aún habla.”
Cuando Borges
murió, ella no se retiró. Se volvió guardiana. Custodia del archivo. Protectora
del eco. Y aunque muchos la cuestionaron, ella siguió. Como si supiera que el
oráculo no se defiende con gritos, sino con presencia.
Kodama fue la
que heredó el laberinto. La que entendió que el amor no siempre se dice, pero
siempre vibra. La que convirtió la admiración en altar. Y así, sin pedir
permiso, sostuvo el mundo de Borges.
