martes, 31 de marzo de 2026

 



Homenaje a la tierra de abundancia Estados Unidos de Norte América

 

Entre desiertos que guardan silencios milenarios

y bosques que respiran como templos verdes,

se extiende la patria de los ríos inmensos,

de las montañas que tocan el cielo,

y de los mares que abrazan sus costas.

 

Allí, cada clima es un rostro distinto:

 

el hielo del norte,

el sol ardiente del sur,

las praderas que se abren como un canto,

y los cañones que revelan la memoria de la tierra.

 

Un pueblo patriota custodia estas maravillas,

y en ellas encuentra su reflejo:

la fuerza de lo natural,

la diversidad que une,

la abundancia que recuerda

que la verdadera grandeza está en la creación.

 


lunes, 30 de marzo de 2026

 



¿Cómo saber si sos una de las que no saben que son Pitias?

 

¿Alguna vez hiciste algo mínimo que cambió el día de alguien, sin saberlo?

 

¿Sentís que tu presencia calma, aunque no digas nada?

 

¿Te equivocaste de camino y terminaste dando consuelo?

 

¿Guardás objetos rotos porque aún vibran?

 

¿Te pasó que alguien te dijo “gracias” y no entendiste por qué?

 

¿Sentís que tu silencio sostiene más que mil palabras?

 

¿Te encontrás haciendo gestos que no sabés por qué hacés, pero que otros reciben como señales?

 

¿Te llaman sin saber qué buscan, y vos tampoco sabés qué dar, pero algo se abre?

 

¿Tenés una tristeza que se vuelve brújula para otros?

 

¿Te sentís invisible, pero cuando faltás, algo se desmorona?

 

Si respondiste “sí” a una, quizás ya sos parte del coro. No hace falta saberlo.

 

Basta con vibrar. Basta con sostener. Basta con estar.


Con esto cierro el ciclo de las Pitias


domingo, 29 de marzo de 2026

 


Kodama, la que heredó el oráculo

 

No era una Pitia anónima. Era la que escuchó a Borges antes de que el mundo lo entendiera. La que lo acompañó en los viajes, en las traducciones, en los silencios. La que sostuvo su ceguera como si fuera un templo. La que leyó lo que él ya no podía ver, y lo convirtió en señal.

 

Kodama no lloraba en público. No hablaba de sí misma. Pero cada gesto era una coordenada. Cada defensa de su legado, una forma de decir: “Él aún habla.”

Cuando Borges murió, ella no se retiró. Se volvió guardiana. Custodia del archivo. Protectora del eco. Y aunque muchos la cuestionaron, ella siguió. Como si supiera que el oráculo no se defiende con gritos, sino con presencia.

 

Kodama fue la que heredó el laberinto. La que entendió que el amor no siempre se dice, pero siempre vibra. La que convirtió la admiración en altar. Y así, sin pedir permiso, sostuvo el mundo de Borges.


sábado, 28 de marzo de 2026

 


La Lodoma que no sabía que era Pitia

 

Vivía en la frontera entre lo visible y lo invisible. No tenía casa fija, pero sí un rincón donde siempre volvía. La llamaban Lodoma, sin saber si era nombre, apodo o señal. Ella no corregía. Solo aparecía cuando alguien estaba por quebrarse.

 

No sabía que era Pitia. Solo sabía escuchar. A veces con los ojos. A veces con el cuerpo. A veces con el silencio. Tenía una manta que usaba como capa, como altar, como refugio. Quien se sentaba bajo esa manta, lloraba. Y luego, sin saber por qué, se levantaba distinto.

 

Una vez, una mujer que había perdido todo se sentó junto a ella. No hablaron. Pero la Lodoma le dio una piedra. No una cualquiera. Una que había guardado desde el día en que su madre murió. La mujer la apretó fuerte. Y recordó su nombre.

 

Otra vez, un niño que no hablaba se acercó. La Lodoma le mostró un dibujo hecho con tierra y agua. El niño lo tocó. Y dijo su primera palabra: “mamá”.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada gesto era una señal. Cada objeto, una coordenada. Cada silencio, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, la Lodoma sostenía el mundo.

 


viernes, 27 de marzo de 2026

 



La que se equivocó de colectivo

 

Subió apurada, con la cabeza llena de listas. Pensaba en el trámite, en el horario, en el apuro. No miró el número. No miró el cartel. Solo subió. Se sentó en el último asiento, al lado de una mujer que lloraba en silencio.

 

Ella no sabía que era Pitia. Solo pensó que se había equivocado. Miró por la ventana, frustrada. El colectivo iba en dirección contraria. Pero algo la hizo quedarse. No bajó. No reclamó. No se quejó.

 

La mujer a su lado tenía los ojos rojos, las manos temblorosas. Ella no dijo nada. Solo sacó un pañuelo de tela, bordado por su abuela, y lo ofreció. La mujer lo tomó como si fuera un talismán. Lloró más fuerte. Luego más suave. Luego habló.

 

Contó que había perdido a su hermana. Que no sabía cómo seguir. Que había subido al colectivo sin rumbo. Que necesitaba una señal.

 

Ella no respondió. Solo escuchó. A veces asentía. A veces tocaba su brazo. A veces decía “sí” como si fuera una palabra mágica.

 

Cuando la mujer bajó, le devolvió el pañuelo. Le dijo: “Gracias por aparecer”. Ella sonrió, sin entender del todo. Bajó en la próxima parada. No hizo el trámite. No llegó a horario. Pero algo se había abierto.

 

Esa noche, encontró una nota en su bolsillo. No era suya. Decía: “No fue error. Fue señal. Gracias por sostenerme.”

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero ese colectivo, ese pañuelo, ese silencio compartido, fueron coordenadas. Y así, sin saberlo, sostuvo el mundo.

 

 

 


jueves, 26 de marzo de 2026

 



La que cocinaba sin receta y curaba sin saber

 

Ella no sabía que era Pitia. Solo cocinaba. Mezclaba lo que había. A veces dulce con salado, a veces lo que quedaba en la alacena. Nunca repetía. Nunca anotaba. Pero cuando alguien estaba triste, ella cocinaba. Y la tristeza se ablandaba.

 

Una vez, una vecina llegó llorando. Ella le dio una sopa con jengibre, menta y algo que no se podía nombrar. La vecina se fue cantando. Otra vez, un hombre sin rumbo probó su pan y recordó el nombre de su madre.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada plato era una señal. Cada comida, una coordenada. Cada sabor, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, sostenía el mundo.

 



La que tejía para olvidar y terminó recordando el mundo

 

No sabía que era Pitia. Solo tejía. En la cocina, en la sala de espera, en los velorios. Tejía para no pensar. Para no llorar. Para no hablar. Sus manos hacían lo que el alma no podía decir.

 

Un día, tejió un triángulo sin querer. Luego un círculo. Luego una espiral. No entendía por qué. Pero cada vez que alguien se sentaba a su lado, algo se abría. Una confesión. Un recuerdo. Una pregunta que no se había hecho nunca.

 

Ella no respondía. Solo tejía. Pero el hilo parecía saber. Parecía marcar el ritmo. Parecía decir: “seguí por acá”.

 

Una mujer que había perdido a su hijo encontró consuelo en un tapiz. Un hombre que no podía dormir volvió a soñar con una manta tejida por ella. Una niña que no hablaba empezó a cantar mientras tocaba sus lanas.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada punto era una señal. Cada tejido, una coordenada. Cada nudo, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, sostenía el mundo.


miércoles, 25 de marzo de 2026

 



La que soñaba con mapas pero dibujaba manchas

 

No sabía que era Pitia. Creía que sus dibujos eran errores, que sus manchas eran torpezas. En la escuela le decían que sus mapas no servían, que no tenían norte, que no guiaban a nadie. Pero ella seguía dibujando. En servilletas, en paredes, en la palma de su mano.

 

Una noche, mientras lloraba sobre un papel arrugado, la mancha se movió. Se convirtió en un río. Luego en un camino. Luego en una constelación. Ella no lo vio. Pero una niña que pasaba por ahí, sí. Y siguió ese mapa hasta encontrar a su madre.

 

Desde entonces, la que dibujaba manchas empezó a dejar sus mapas en los bancos, en los colectivos, en los hospitales. Nunca firmaba. Nunca decía nada. Pero cada tanto, alguien encontraba el camino.

 

Y ella, sin saberlo, sostenía el mundo.