Relicario IV
– El té frutado
(Dedicado a
la memoria de mi amiga Cristina Siri, enorme poetisa)
A las catorce
horas, como cada sábado,
yo estaba
lista.
La mesa puesta,
el té frutado humeando,
la conversación
esperando su cauce.
Pero ese día,
la cita se frustró.
No por olvido,
no por distancia,
sino por algo
más irreversible:
la llegada de
la dama blanca.
La muerte no
avisa.
No toca la
puerta.
No pide
permiso.
Solo entra, se
lleva, y deja el eco.
Yo me presenté
igual.
Como quien se
aferra a la posibilidad del error,
como quien cree
que el sueño aún no terminó.
Pensé que todo
era una alucinación,
una jugarreta
de mi mente.
Pero con
puntualidad rigurosa,
llegó el
cortejo.
Tus hijos, tu
esposo, tus amigas.
Y yo, con el té
intacto,
esperando que
todo fuera mentira.
Mira que te
conocía gente.
Pero vos solo
querías lo íntimo.
Los más
cercanos.
Los que sabían
leer entrelíneas.
Y ahí entendí.
Cuando vi el
cajón con tu nombre,
cuando el
llanto se volvió niebla compartida,
cuando el té se
enfrió sin que nadie lo bebiera.
Ese té frutado
se convirtió en ritual suspendido.
En símbolo de
lo que no fue.
En testimonio
de lo que aún vibra.
Porque, aunque
la muerte haya irrumpido,
aunque la dama
blanca haya cruzado el umbral,
yo sigo
preparando la mesa.
Sigo esperando
la conversación.
Sigo creyendo
que, en algún plano,
vos llegas
puntual.
Afirmación
ritual
Aunque el té se haya enfriado,
yo sigo preparando la mesa.
Porque el amor no se interrumpe,
solo cambia de plano.
