sábado, 14 de marzo de 2026

 


La Escuela de la Pitia

Parte VII: Lysandra sirve desde la distancia.

 

Lysandra se fue sin decir palabra. No por rebeldía, sino por exceso de comprensión. Sabía que el oráculo no necesita presencia, que la vibración puede continuar en el margen. Caminó hacia una ciudad sin nombre, donde enseñó a niñas ciegas a leer con las manos. No hablaba del santuario. No pronunciaba profecías. Pero en su silencio, vibraba la misma voz.

 

Las discípulas la recordaban como la que renunció. Pero con el tiempo, comprendieron que no había renunciado. Había elegido otro modo de servir. Borges habría dicho que “la distancia no es olvido, sino otra forma de permanencia.”

 

Una noche, la Pitia soñó con Lysandra. La vio frente a un altar improvisado, hecho de piedras comunes y flores sin nombre. La vio llorar frente a una niña que no podía ver, pero que entendía. La vio pronunciar una palabra que no estaba en ningún idioma. Al despertar, la Pitia supo que el oráculo seguía hablando. No desde el santuario, sino desde la distancia.

 

Desde entonces, la escuela aprendió a reconocer las voces que no están. Las discípulas comenzaron a escribir cartas que no enviaban, a pronunciar nombres que no se repetían, a escuchar el viento como si fuera una lección. El oráculo había expandido su territorio. Ya no era un lugar. Era una vibración.

 

Lysandra nunca volvió. No porque no pudiera. Sino porque ya estaba.

Sirviendo desde la distancia.

Como sombra fiel.

Como eco sin templo.

Como voz que no necesita altar.

 

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