La que se
equivocó de colectivo
Subió apurada,
con la cabeza llena de listas. Pensaba en el trámite, en el horario, en el
apuro. No miró el número. No miró el cartel. Solo subió. Se sentó en el último
asiento, al lado de una mujer que lloraba en silencio.
Ella no sabía
que era Pitia. Solo pensó que se había equivocado. Miró por la ventana,
frustrada. El colectivo iba en dirección contraria. Pero algo la hizo quedarse.
No bajó. No reclamó. No se quejó.
La mujer a su
lado tenía los ojos rojos, las manos temblorosas. Ella no dijo nada. Solo sacó
un pañuelo de tela, bordado por su abuela, y lo ofreció. La mujer lo tomó como
si fuera un talismán. Lloró más fuerte. Luego más suave. Luego habló.
Contó que había
perdido a su hermana. Que no sabía cómo seguir. Que había subido al colectivo
sin rumbo. Que necesitaba una señal.
Ella no
respondió. Solo escuchó. A veces asentía. A veces tocaba su brazo. A veces
decía “sí” como si fuera una palabra mágica.
Cuando la mujer
bajó, le devolvió el pañuelo. Le dijo: “Gracias por aparecer”. Ella
sonrió, sin entender del todo. Bajó en la próxima parada. No hizo el trámite.
No llegó a horario. Pero algo se había abierto.
Esa noche,
encontró una nota en su bolsillo. No era suya. Decía: “No fue error. Fue
señal. Gracias por sostenerme.”
Ella no sabía
que era oráculo. Pero ese colectivo, ese pañuelo, ese silencio compartido,
fueron coordenadas. Y así, sin saberlo, sostuvo el mundo.

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