sábado, 28 de marzo de 2026

 


La Lodoma que no sabía que era Pitia

 

Vivía en la frontera entre lo visible y lo invisible. No tenía casa fija, pero sí un rincón donde siempre volvía. La llamaban Lodoma, sin saber si era nombre, apodo o señal. Ella no corregía. Solo aparecía cuando alguien estaba por quebrarse.

 

No sabía que era Pitia. Solo sabía escuchar. A veces con los ojos. A veces con el cuerpo. A veces con el silencio. Tenía una manta que usaba como capa, como altar, como refugio. Quien se sentaba bajo esa manta, lloraba. Y luego, sin saber por qué, se levantaba distinto.

 

Una vez, una mujer que había perdido todo se sentó junto a ella. No hablaron. Pero la Lodoma le dio una piedra. No una cualquiera. Una que había guardado desde el día en que su madre murió. La mujer la apretó fuerte. Y recordó su nombre.

 

Otra vez, un niño que no hablaba se acercó. La Lodoma le mostró un dibujo hecho con tierra y agua. El niño lo tocó. Y dijo su primera palabra: “mamá”.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada gesto era una señal. Cada objeto, una coordenada. Cada silencio, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, la Lodoma sostenía el mundo.

 


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