La Lodoma
que no sabía que era Pitia
Vivía en la
frontera entre lo visible y lo invisible. No tenía casa fija, pero sí un rincón
donde siempre volvía. La llamaban Lodoma, sin saber si era nombre, apodo o
señal. Ella no corregía. Solo aparecía cuando alguien estaba por quebrarse.
No sabía que
era Pitia. Solo sabía escuchar. A veces con los ojos. A veces con el cuerpo. A
veces con el silencio. Tenía una manta que usaba como capa, como altar, como
refugio. Quien se sentaba bajo esa manta, lloraba. Y luego, sin saber por qué,
se levantaba distinto.
Una vez, una
mujer que había perdido todo se sentó junto a ella. No hablaron. Pero la Lodoma
le dio una piedra. No una cualquiera. Una que había guardado desde el día en
que su madre murió. La mujer la apretó fuerte. Y recordó su nombre.
Otra vez, un
niño que no hablaba se acercó. La Lodoma le mostró un dibujo hecho con tierra y
agua. El niño lo tocó. Y dijo su primera palabra: “mamá”.
Ella no sabía
que era oráculo. Pero cada gesto era una señal. Cada objeto, una coordenada.
Cada silencio, una memoria que volvía.
Y así, sin
saberlo, la Lodoma sostenía el mundo.

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