La Escuela
de la Pitia
Parte III:
El hallazgo de la tablilla (Cuento)
En 1938, en una
biblioteca de El Cairo que no figura en los mapas, Jorge Luis Borges encontró
una tablilla de cera. No la buscaba. La encontró. Estaba entre dos volúmenes de
geometría pitagórica y un tratado sobre los sueños de los ciegos. La tablilla
no tenía inscripción visible, pero emanaba un calor antiguo, como si aún
conservara el aliento de quien la escribió.
Borges la llevó
a su habitación, la colocó sobre la mesa, y esperó. No sabía qué esperaba. A
medianoche, la tablilla habló. No con voz, sino con imágenes. Vio una mujer
vestida de lino, rodeada de discípulas silenciosas. Vio una piedra caer en el
agua. Vio una serpiente dibujar un círculo en la arena. Vio una sombra que no
moría.
Comprendió que
esa tablilla era un fragmento del oráculo. No un mensaje, sino una vibración.
No una profecía, sino una clave. La anotó en su cuaderno: “La voz que no
muere se recicla en cuerpos que no recuerdan.”
Desde entonces,
Borges soñó con la escuela sin muros. Soñó que él también había sido discípulo.
Soñó que la Pitia le entregaba una piedra. Soñó que debía escribir el cuento para
que el oráculo no se perdiera.
Así nació este
relato.
No como
ficción, sino como recuperación.
No como
invención, sino como eco.
La tablilla aún
existe.
Está en una
biblioteca que no figura en los mapas.
Está esperando
a quien sepa escuchar.

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