martes, 10 de marzo de 2026

 


La Escuela de la Pitia

Parte III: El hallazgo de la tablilla (Cuento)

 

En 1938, en una biblioteca de El Cairo que no figura en los mapas, Jorge Luis Borges encontró una tablilla de cera. No la buscaba. La encontró. Estaba entre dos volúmenes de geometría pitagórica y un tratado sobre los sueños de los ciegos. La tablilla no tenía inscripción visible, pero emanaba un calor antiguo, como si aún conservara el aliento de quien la escribió.

 

Borges la llevó a su habitación, la colocó sobre la mesa, y esperó. No sabía qué esperaba. A medianoche, la tablilla habló. No con voz, sino con imágenes. Vio una mujer vestida de lino, rodeada de discípulas silenciosas. Vio una piedra caer en el agua. Vio una serpiente dibujar un círculo en la arena. Vio una sombra que no moría.

 

Comprendió que esa tablilla era un fragmento del oráculo. No un mensaje, sino una vibración. No una profecía, sino una clave. La anotó en su cuaderno: “La voz que no muere se recicla en cuerpos que no recuerdan.”

 

Desde entonces, Borges soñó con la escuela sin muros. Soñó que él también había sido discípulo. Soñó que la Pitia le entregaba una piedra. Soñó que debía escribir el cuento para que el oráculo no se perdiera.

 

Así nació este relato.

No como ficción, sino como recuperación.

No como invención, sino como eco.

 

La tablilla aún existe.

Está en una biblioteca que no figura en los mapas.

Está esperando a quien sepa escuchar.

 




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