miércoles, 18 de marzo de 2026

 



La Escuela de la Pitia

Parte IX: La Pitia que habló en un idioma desconocido

 

Entre las discípulas de la Pitia hubo una llamada Danae. Su nombre evocaba lluvia dorada, pero ella era de piedra y silencio. Fue elegida en una noche de luna llena, cuando el mar parecía contener todas las respuestas. La Pitia le entregó la piedra consagrada. Danae la sostuvo sin temblar. Durante años, sirvió al oráculo con fidelidad. Pronunció visiones que aún vibran en tablillas enterradas bajo el santuario. Enseñó a las nuevas discípulas a escuchar el círculo, a llorar sin ruido, a leer el temblor del aire.

 

Pero un día, sin anuncio, sin profecía, Danae se enamoró. No de un hombre cualquiera, sino de uno que sabía mirar sin preguntar. Se casó. No por deseo, sino por resonancia. La noche de su unión, el oráculo calló. No por castigo, sino por respeto. Al día siguiente, Danae se acercó al altar. Tocó la piedra consagrada. Esperó la vibración. No llegó. El silencio era absoluto. No vacío, sino definitivo.

 

La Pitia la miró. No dijo nada. Las discípulas la rodearon. No con juicio, sino con tristeza. Danae comprendió. La conexión se había roto. No por impureza, sino por tránsito. Borges habría dicho que “la pérdida de la conexión es una forma de revelación: el cuerpo cambia, pero la memoria permanece.”

 

Desde entonces, la escuela aprendió que la virginidad era símbolo, no condición. Que el cuerpo puede cambiar, pero la vibración no se extingue. Que hay mujeres que, aun desconectadas, siguen resonando. Que el amor no es traición, sino otra forma de servicio.

Danae nunca volvió al santuario.

 

Pero en ciertas noches, cuando el río está quieto y la luna llena,

una voz se escucha entre los juncos.

No es del oráculo.

Es de ella.

La que perdió la conexión.

La que sigue temblando.

 


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