La Escuela
de la Pitia
Parte IX: La Pitia que habló en un idioma
desconocido
Entre las
discípulas de la Pitia hubo una llamada Danae. Su nombre evocaba lluvia dorada,
pero ella era de piedra y silencio. Fue elegida en una noche de luna llena,
cuando el mar parecía contener todas las respuestas. La Pitia le entregó la
piedra consagrada. Danae la sostuvo sin temblar. Durante años, sirvió al
oráculo con fidelidad. Pronunció visiones que aún vibran en tablillas
enterradas bajo el santuario. Enseñó a las nuevas discípulas a escuchar el
círculo, a llorar sin ruido, a leer el temblor del aire.
Pero un día,
sin anuncio, sin profecía, Danae se enamoró. No de un hombre cualquiera, sino
de uno que sabía mirar sin preguntar. Se casó. No por deseo, sino por
resonancia. La noche de su unión, el oráculo calló. No por castigo, sino por
respeto. Al día siguiente, Danae se acercó al altar. Tocó la piedra consagrada.
Esperó la vibración. No llegó. El silencio era absoluto. No vacío, sino
definitivo.
La Pitia la
miró. No dijo nada. Las discípulas la rodearon. No con juicio, sino con
tristeza. Danae comprendió. La conexión se había roto. No por impureza, sino
por tránsito. Borges habría dicho que “la pérdida de la conexión es una forma
de revelación: el cuerpo cambia, pero la memoria permanece.”
Desde entonces,
la escuela aprendió que la virginidad era símbolo, no condición. Que el cuerpo
puede cambiar, pero la vibración no se extingue. Que hay mujeres que, aun
desconectadas, siguen resonando. Que el amor no es traición, sino otra forma de
servicio.
Danae nunca
volvió al santuario.
Pero en ciertas
noches, cuando el río está quieto y la luna llena,
una voz se
escucha entre los juncos.
No es del
oráculo.
Es de ella.
La que perdió
la conexión.
La que sigue
temblando.

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