Pitia
La voz del
oráculo
Soy la voz del
oráculo.
Portadora del
mensaje divino.
Rayos rojos,
azules, amarillos
descienden
sobre mi cuerpo consagrado.
Amor y
destrucción pronuncian mis labios.
En mis pies,
las vasijas antiguas.
En mi pecho,
los huesos de la ofrenda.
Me visto de lino
para el oficio.
El oráculo
habla a través de mí:
Hay en el
arcano precepto
un frescor
venturoso
que preludia
la orgía de la serpiente.
Tétrico
placer en la ribera.
El epitafio
negro del peñasco
es la
voluntad de la esfera.
La medida
del círculo.
El curso del
cielo.
La bruma
peregrina frente al mar
fecunda los
surcos con polen y nácar.
Tierras
fértiles se anuncian.
El ocaso se
deshoja con grave deleite.
¿Dónde se
dibuja tu sonrisa
si el astro
despiadado te vuelve roca?
Radiante árbol
turquesa,
sonajas de
hojarasca,
tertulia de
luna nueva.
La lechuza
reposa en su rama frágil.
El universo,
herido de saber,
libera la voz
del proverbio.
Ansío el signo
de la belladona
oculto en las
arenas del santuario.
Me preparo ante
el cáliz consagrado.
Se abren los
portales del designio.
Mis lágrimas
transmutan en gemas.
Soy lo arcaico.
Soy la
resurrección.
Soy la virgen y
el holocausto.
No camino por
los abismos del miedo.
Soy la
protegida de los dioses.
He renunciado
al amor del hombre.
Sonrío y lloro.
Mil veces quise
herir la daga de la nigreda.
Mil veces me
negué a morir.
Soy la voz
temblorosa del incierto.
Traspaso los
límites del Olimpo.
Soy sombra de
antaño.
Soy inmortal en
mi sombra.

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