La Escuela
de la Pitia
Parte VI: El
rechazo
No todas las
elegidas aceptaban. Hubo una, llamada Lysandra, que fue reconocida por el
oráculo en una noche sin luna. La Pitia le entregó la piedra consagrada, y las
discípulas la rodearon en silencio. Lysandra no tembló. No lloró. No preguntó.
Recibió la piedra como quien recibe un espejo. Durante siete días y siete
noches, permaneció en el santuario, sin hablar, sin dormir, sin comer.
Observaba el mar como si esperara que algo emergiera de él.
La octava
noche, se levantó, caminó hasta el altar, y dejó la piedra donde la había
encontrado. No dijo palabra. No pidió permiso. No miró atrás. Se fue.
La Pitia no la
detuvo. Las discípulas tampoco. El oráculo calló durante tres días. Algunas
creyeron que había sido un error. Otras, que era una prueba. Borges habría
dicho que “la renuncia de Lysandra fue una forma de obediencia más profunda,
una fidelidad al misterio que no exige cumplimiento.”
Años después,
una de las discípulas soñó con Lysandra. La vio en una ciudad sin nombre,
enseñando a niñas ciegas a leer con las manos. No hablaba del oráculo. No
hablaba de la escuela. Pero en su silencio, vibraba la misma voz.
La tablilla que
registró su renuncia fue enterrada lejos del santuario, bajo un árbol que no da
sombra. En ella, una sola frase: “No renuncio al designio. Renuncio al
altar.”
Desde entonces,
la escuela aprendió que incluso la renuncia puede ser parte del ciclo. Que no
toda elegida debe pronunciar. Que hay voces que sirven al oráculo desde el
exilio. Que hay sombras que no necesitan templo.

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