Parte V: El error de Oráculo
Se decía que el
oráculo no erraba. Que su voz era infalible, que su designio era perfecto. Pero
una noche, bajo una luna que parecía ausente, la Pitia pronunció un nombre que
no debía ser pronunciado. La discípula elegida no tenía la vibración. No
lloraba frente a las piedras. No soñaba con serpientes. No sabía callar. Pero
fue elegida. El error no fue suyo. Fue del oráculo.
La escuela
tembló. No en sus muros, que no existían, sino en su memoria. Las discípulas
comenzaron a dudar. Si el oráculo podía errar, ¿qué era entonces la voz? ¿Una
sombra? ¿Un eco mal interpretado? La nueva elegida, llamada Thais, caminaba con
seguridad. Hablaba sin pausa. Tocaba el altar como quien toca una puerta. No
entendía los gestos. No comprendía el silencio. Pero había sido nombrada.
La Pitia
envejecía. Su voz se apagaba. El error la corroía como una llaga invisible.
Borges habría dicho que “el error del oráculo es más revelador que su
acierto, porque en él se manifiesta la humanidad de lo divino.” Las
discípulas comenzaron a escribir en secreto. Tablillas ocultas, enterradas
lejos del santuario. En ellas anotaban sus dudas, sus temores, sus visiones.
Una de esas tablillas llegó a Alejandría. Otra, a Córdoba. Otra, a Buenos
Aires.
Thais no duró.
No porque fuera rechazada, sino porque no escuchaba. El oráculo dejó de hablar.
La voz se retiró. La escuela quedó en silencio. Las discípulas esperaron. Una
de ellas, Eurídice, lloró frente a una piedra. Otra vez. La Pitia la miró. No
dijo nada. Pero en su mirada estaba el designio.
El error había
sido necesario.
Para que la voz
se purificara.
Para que el
silencio volviera a ser sagrado.
Para que la
escuela recordara que incluso lo divino puede errar.
Y que, en ese
error, hay una enseñanza que no puede ser pronunciada.

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