jueves, 12 de marzo de 2026

 


La Escuela de la Pitia

Parte V: El error de Oráculo

 

Se decía que el oráculo no erraba. Que su voz era infalible, que su designio era perfecto. Pero una noche, bajo una luna que parecía ausente, la Pitia pronunció un nombre que no debía ser pronunciado. La discípula elegida no tenía la vibración. No lloraba frente a las piedras. No soñaba con serpientes. No sabía callar. Pero fue elegida. El error no fue suyo. Fue del oráculo.

La escuela tembló. No en sus muros, que no existían, sino en su memoria. Las discípulas comenzaron a dudar. Si el oráculo podía errar, ¿qué era entonces la voz? ¿Una sombra? ¿Un eco mal interpretado? La nueva elegida, llamada Thais, caminaba con seguridad. Hablaba sin pausa. Tocaba el altar como quien toca una puerta. No entendía los gestos. No comprendía el silencio. Pero había sido nombrada.

 

La Pitia envejecía. Su voz se apagaba. El error la corroía como una llaga invisible. Borges habría dicho que “el error del oráculo es más revelador que su acierto, porque en él se manifiesta la humanidad de lo divino.” Las discípulas comenzaron a escribir en secreto. Tablillas ocultas, enterradas lejos del santuario. En ellas anotaban sus dudas, sus temores, sus visiones. Una de esas tablillas llegó a Alejandría. Otra, a Córdoba. Otra, a Buenos Aires.

 

Thais no duró. No porque fuera rechazada, sino porque no escuchaba. El oráculo dejó de hablar. La voz se retiró. La escuela quedó en silencio. Las discípulas esperaron. Una de ellas, Eurídice, lloró frente a una piedra. Otra vez. La Pitia la miró. No dijo nada. Pero en su mirada estaba el designio.

 

El error había sido necesario.

Para que la voz se purificara.

Para que el silencio volviera a ser sagrado.

Para que la escuela recordara que incluso lo divino puede errar.

Y que, en ese error, hay una enseñanza que no puede ser pronunciada.




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