lunes, 23 de marzo de 2026

 



La Escuela de la Pitia

Parte XII: La traducción

 

En 1954, en una biblioteca de Beirut que no figura en los registros, Borges encontró una tela. No la buscaba. La encontró. Estaba enrollada entre dos tratados de astronomía medieval y un códice sobre lenguas extintas. La tela no tenía inscripción visible, pero parecía contener un pulso. Al desplegarla, vio símbolos que no reconocía. No eran letras. No eran dibujos. Eran otra cosa.

 

Esa noche, Borges soñó con una mujer que no hablaba. La vio escribir en el aire. La vio encender una vela en una ciudad sin templo. La vio mirar hacia un altar cubierto de polvo. Al despertar, comprendió que la tela era una profecía. No una predicción, sino una advertencia. No sobre el futuro, sino sobre el olvido.

La tela hablaba del fin del oráculo. No como catástrofe, sino como tránsito. Decía que la voz no se extinguiría, sino que se dispersaría.

Que ya no habría santuario, pero sí resonancia. Que las discípulas seguirían existiendo, pero en otras formas: escritoras, soñadoras, madres, extranjeras, mujeres que lloran frente a piedras sin saber por qué.

 

Borges no tradujo la tela. La guardó en un cajón junto a un poema inconcluso y una carta que nunca envió. Sabía que no era su tarea descifrarla. Solo atestiguarla. Solo dejar constancia.

 

Desde entonces, cada vez que escribía sobre espejos, laberintos, mujeres que saben,

una parte de la tela vibraba.

No como oráculo.

Como memoria.

 

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