La Escuela
de la Pitia
Parte XII:
La traducción
En 1954, en una
biblioteca de Beirut que no figura en los registros, Borges encontró una tela.
No la buscaba. La encontró. Estaba enrollada entre dos tratados de astronomía
medieval y un códice sobre lenguas extintas. La tela no tenía inscripción
visible, pero parecía contener un pulso. Al desplegarla, vio símbolos que no
reconocía. No eran letras. No eran dibujos. Eran otra cosa.
Esa noche,
Borges soñó con una mujer que no hablaba. La vio escribir en el aire. La vio
encender una vela en una ciudad sin templo. La vio mirar hacia un altar
cubierto de polvo. Al despertar, comprendió que la tela era una profecía. No
una predicción, sino una advertencia. No sobre el futuro, sino sobre el olvido.
La tela hablaba
del fin del oráculo. No como catástrofe, sino como tránsito. Decía que la voz
no se extinguiría, sino que se dispersaría.
Que ya no
habría santuario, pero sí resonancia. Que las discípulas seguirían existiendo,
pero en otras formas: escritoras, soñadoras, madres, extranjeras, mujeres que
lloran frente a piedras sin saber por qué.
Borges no
tradujo la tela. La guardó en un cajón junto a un poema inconcluso y una carta
que nunca envió. Sabía que no era su tarea descifrarla. Solo atestiguarla. Solo
dejar constancia.
Desde entonces,
cada vez que escribía sobre espejos, laberintos, mujeres que saben,
una parte de la
tela vibraba.
No como
oráculo.
Como memoria.

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