La Escuela
de la Pitia
Parte X: La Pitia que habló antes de tiempo
En tiempos que
no figuran en los anales, hubo una Pitia que pronunció su mensaje antes de que
el ritual estuviera completo. El altar aún no había sido purificado, las
discípulas no habían trazado el círculo, la piedra consagrada no había sido colocada.
Pero ella habló. No por impulso, sino por necesidad. Había visto algo que no
podía esperar. Una imagen que no admitía demora.
El mensaje era
claro: “Si cruzan el río antes del tercer día, el enemigo se desvanecerá
como humo.”
Los generales
escucharon. No sabían del rito, ni del tiempo sagrado, ni de las pausas que
protegen la verdad. Solo oyeron la frase. Cruzaron el río. El enemigo no se
desvaneció. El enemigo los esperaba. La batalla fue feroz. El curso de la
guerra se torció. Lo que debía ser victoria se volvió exilio.
La Pitia fue
silenciada. No por castigo, sino por preservación. Las discípulas la rodearon.
No con reproche, sino con cuidado. Sabían que había visto demasiado. Que el
mensaje era verdadero, pero que el tiempo lo había traicionado. Borges habría
escrito que “la verdad anticipada es una forma de falsedad.”
La mujer que
habló antes de tiempo no volvió a pronunciar. Se retiró a una caverna donde las
palabras no tenían eco. Allí comenzó a escribir en piedras. No frases, sino
símbolos. No profecías, sino mapas. Los que la visitaban decían que sus ojos
contenían tormentas detenidas. Que su silencio era más elocuente que cualquier
oráculo.
Una discípula,
años después, encontró una de sus piedras. En ella, un solo signo: un círculo
abierto por un rayo. Lo entendió como advertencia. Lo entendió como legado.
Desde entonces,
la escuela aprendió que no basta con ver.
Hay que saber
cuándo decir.
Hay que saber
cuándo callar.

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