martes, 24 de marzo de 2026

 


Las que no saben que son Pitias

La maestra

 

En un pueblo del norte, donde el viento parece arrastrar memorias que no pertenecen a nadie, vive una maestra llamada Clara. Enseña a leer y escribir en una escuela de adobe, donde los libros son escasos y las palabras se repiten como plegarias. No sabe que fue elegida. No sabe que su gesto de encender una vela cada mañana es un rito antiguo. No sabe que cuando consuela a sus alumnas con frases que no aprendió en ningún manual, está pronunciando fragmentos del oráculo.

 

Clara guarda piedras en su escritorio. No por superstición, sino por costumbre. Una de ellas tiene una grieta que parece un círculo abierto. La encontró cuando era niña, llorando frente al río. No recuerda por qué lloraba. No recuerda por qué la recogió. Pero nunca la soltó.

 

Sus alumnos la escuchan como quien escucha algo que no entiende del todo. No por ignorancia, sino por reverencia. Borges habría dicho que “Clara no enseña, revela. No transmite, despierta.”

 

Una tarde, una niña le preguntó por qué el cielo cambia de color antes de llover. Clara respondió con una frase que no había pensado: “Porque el cielo también recuerda.” La niña la anotó en su cuaderno. Años después, esa frase aparecerá en una tablilla enterrada bajo un altar que aún no existe.

 

Clara no sabe que es Pitia.

Pero cada gesto suyo vibra con la memoria del santuario.

Cada silencio suyo contiene una visión que no ha sido pronunciada.

Cada palabra suya es una piedra consagrada.

 

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario