Las que no
saben que son Pitias
La maestra
En un pueblo
del norte, donde el viento parece arrastrar memorias que no pertenecen a nadie,
vive una maestra llamada Clara. Enseña a leer y escribir en una escuela de
adobe, donde los libros son escasos y las palabras se repiten como plegarias.
No sabe que fue elegida. No sabe que su gesto de encender una vela cada mañana
es un rito antiguo. No sabe que cuando consuela a sus alumnas con frases que no
aprendió en ningún manual, está pronunciando fragmentos del oráculo.
Clara guarda
piedras en su escritorio. No por superstición, sino por costumbre. Una de ellas
tiene una grieta que parece un círculo abierto. La encontró cuando era niña,
llorando frente al río. No recuerda por qué lloraba. No recuerda por qué la
recogió. Pero nunca la soltó.
Sus alumnos la
escuchan como quien escucha algo que no entiende del todo. No por ignorancia,
sino por reverencia. Borges habría dicho que “Clara no enseña, revela. No
transmite, despierta.”
Una tarde, una
niña le preguntó por qué el cielo cambia de color antes de llover. Clara
respondió con una frase que no había pensado: “Porque el cielo también
recuerda.” La niña la anotó en su cuaderno. Años después, esa frase
aparecerá en una tablilla enterrada bajo un altar que aún no existe.
Clara no sabe
que es Pitia.
Pero cada gesto
suyo vibra con la memoria del santuario.
Cada silencio
suyo contiene una visión que no ha sido pronunciada.
Cada palabra
suya es una piedra consagrada.

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