La Escuela
de la Pitia
Parte VIII:
Calíope
Al día
siguiente, Calíope se acercó al altar. Tocó la piedra consagrada. Esperó la
vibración. No llegó. El silencio era absoluto. No vacío, sino definitivo.
Borges habría dicho que “la pérdida de la conexión no es caída, sino
tránsito hacia otra forma de saber.”
Calíope no
lloró. No pidió volver. No intentó recuperar la voz. Se retiró del santuario.
Se instaló en una casa junto al mar. Allí comenzó a escribir. No oráculos, sino
cuentos. No profecías, sino memorias. Las discípulas la visitaban en secreto.
Le llevaban flores, le contaban sueños. Ella las escuchaba, pero no respondía.
Su voz ya no era del oráculo. Era suya.
Una de sus
frases quedó registrada en una tablilla enterrada bajo su casa:
“Perdí la
conexión, pero no el temblor.”
Desde entonces,
la escuela aprendió que la virginidad no era condición, sino símbolo. Que el
cuerpo puede cambiar, pero la vibración permanece. Que hay mujeres que, aun
desconectadas, siguen resonando. Que el amor no es traición, sino otra forma de
servicio.
Calíope nunca
volvió al santuario.
Pero en ciertas
noches, cuando el mar está quieto y la luna creciente,
una voz se
escucha entre las olas.
No es del
oráculo.
Es de ella.
La que perdió
la conexión.
La que sigue
temblando.

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