La que
soñaba con mapas pero dibujaba manchas
No sabía que
era Pitia. Creía que sus dibujos eran errores, que sus manchas eran torpezas.
En la escuela le decían que sus mapas no servían, que no tenían norte, que no
guiaban a nadie. Pero ella seguía dibujando. En servilletas, en paredes, en la
palma de su mano.
Una noche,
mientras lloraba sobre un papel arrugado, la mancha se movió. Se convirtió en
un río. Luego en un camino. Luego en una constelación. Ella no lo vio. Pero una
niña que pasaba por ahí, sí. Y siguió ese mapa hasta encontrar a su madre.
Desde entonces,
la que dibujaba manchas empezó a dejar sus mapas en los bancos, en los
colectivos, en los hospitales. Nunca firmaba. Nunca decía nada. Pero cada
tanto, alguien encontraba el camino.
Y ella, sin
saberlo, sostenía el mundo.

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