sábado, 21 de marzo de 2026

 



La Escuela de la Pitia

Parte XI: La discípula que soñó con el fin del oráculo

 

Se llamaba Nysa. Era la más callada de todas. No por timidez, sino por exceso de escucha. Tenía una forma de mirar que parecía no mirar nada, pero que lo registraba todo. Fue aceptada en el santuario sin ceremonia. La Pitia la reconoció apenas la vio. No le entregó la piedra. Le entregó una hoja en blanco.

 

Durante años, Nysa cumplió con los gestos. Aprendió a leer el humo, a interpretar el eco, a caminar sin dejar huella. Pero no hablaba. No pronunciaba visiones. No escribía en las tablillas. Las otras discípulas pensaban que no había sido elegida. Que su presencia era un error. Borges habría dicho que “el silencio de Nysa no era vacío, sino acumulación.”

 

Una noche, soñó. No con serpientes ni con círculos. Soñó con el fin del oráculo. Soñó con el altar cubierto de polvo. Con las piedras partidas. Con las discípulas dispersas. Con la voz extinguida. Soñó con una mujer que encendía una vela en una ciudad sin templo. Soñó con una niña que escribía en una lengua que aún no existe.

 Al despertar, Nysa escribió. No en cera, sino en tela. No en frases, sino en símbolos. La Pitia leyó. No dijo nada. Enterró la tela bajo el santuario. Nadie más la vio. Nadie más la tocó.

 

Desde entonces, Nysa no volvió a soñar.

Pero su mirada cambió.

Ya no era la de una discípula.

 

La profecía no ha sido cumplida.

Pero en ciertas noches, cuando el viento sopla desde el sur y las estrellas titilan con desorden,

algunas discípulas sienten un estremecimiento.

 

No saben por qué.

No saben de qué.

Solo saben que algo se aproxima.

Y en una ciudad sin templo,

una niña escribe en una lengua que aún no existe.

 


No hay comentarios:

Publicar un comentario