La Escuela
de la Pitia
Parte XI: La discípula
que soñó con el fin del oráculo
Se llamaba
Nysa. Era la más callada de todas. No por timidez, sino por exceso de escucha.
Tenía una forma de mirar que parecía no mirar nada, pero que lo registraba
todo. Fue aceptada en el santuario sin ceremonia. La Pitia la reconoció apenas
la vio. No le entregó la piedra. Le entregó una hoja en blanco.
Durante años,
Nysa cumplió con los gestos. Aprendió a leer el humo, a interpretar el eco, a
caminar sin dejar huella. Pero no hablaba. No pronunciaba visiones. No escribía
en las tablillas. Las otras discípulas pensaban que no había sido elegida. Que
su presencia era un error. Borges habría dicho que “el silencio de Nysa no
era vacío, sino acumulación.”
Una noche,
soñó. No con serpientes ni con círculos. Soñó con el fin del oráculo. Soñó con
el altar cubierto de polvo. Con las piedras partidas. Con las discípulas
dispersas. Con la voz extinguida. Soñó con una mujer que encendía una vela en
una ciudad sin templo. Soñó con una niña que escribía en una lengua que aún no
existe.
Al despertar, Nysa escribió. No en cera, sino en tela. No en frases,
sino en símbolos. La Pitia leyó. No dijo nada. Enterró la tela bajo el
santuario. Nadie más la vio. Nadie más la tocó.
Desde entonces,
Nysa no volvió a soñar.
Pero su mirada
cambió.
Ya no era la de
una discípula.
La profecía no
ha sido cumplida.
Pero en ciertas
noches, cuando el viento sopla desde el sur y las estrellas titilan con desorden,
algunas
discípulas sienten un estremecimiento.
No saben por
qué.
No saben de
qué.
Solo saben que
algo se aproxima.
Y en una ciudad
sin templo,
una niña
escribe en una lengua que aún no existe.

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