La que
cocinaba sin receta y curaba sin saber
Ella no sabía
que era Pitia. Solo cocinaba. Mezclaba lo que había. A veces dulce con salado,
a veces lo que quedaba en la alacena. Nunca repetía. Nunca anotaba. Pero cuando
alguien estaba triste, ella cocinaba. Y la tristeza se ablandaba.
Una vez, una
vecina llegó llorando. Ella le dio una sopa con jengibre, menta y algo que no
se podía nombrar. La vecina se fue cantando. Otra vez, un hombre sin rumbo
probó su pan y recordó el nombre de su madre.
Ella no sabía
que era oráculo. Pero cada plato era una señal. Cada comida, una coordenada.
Cada sabor, una memoria que volvía.
Y así, sin
saberlo, sostenía el mundo.
La que tejía
para olvidar y terminó recordando el mundo
No sabía que
era Pitia. Solo tejía. En la cocina, en la sala de espera, en los velorios.
Tejía para no pensar. Para no llorar. Para no hablar. Sus manos hacían lo que
el alma no podía decir.
Un día, tejió
un triángulo sin querer. Luego un círculo. Luego una espiral. No entendía por
qué. Pero cada vez que alguien se sentaba a su lado, algo se abría. Una
confesión. Un recuerdo. Una pregunta que no se había hecho nunca.
Ella no
respondía. Solo tejía. Pero el hilo parecía saber. Parecía marcar el ritmo.
Parecía decir: “seguí por acá”.
Una mujer que
había perdido a su hijo encontró consuelo en un tapiz. Un hombre que no podía
dormir volvió a soñar con una manta tejida por ella. Una niña que no hablaba
empezó a cantar mientras tocaba sus lanas.
Ella no sabía
que era oráculo. Pero cada punto era una señal. Cada tejido, una coordenada.
Cada nudo, una memoria que volvía.
Y así, sin
saberlo, sostenía el mundo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario