jueves, 26 de marzo de 2026

 



La que cocinaba sin receta y curaba sin saber

 

Ella no sabía que era Pitia. Solo cocinaba. Mezclaba lo que había. A veces dulce con salado, a veces lo que quedaba en la alacena. Nunca repetía. Nunca anotaba. Pero cuando alguien estaba triste, ella cocinaba. Y la tristeza se ablandaba.

 

Una vez, una vecina llegó llorando. Ella le dio una sopa con jengibre, menta y algo que no se podía nombrar. La vecina se fue cantando. Otra vez, un hombre sin rumbo probó su pan y recordó el nombre de su madre.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada plato era una señal. Cada comida, una coordenada. Cada sabor, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, sostenía el mundo.

 



La que tejía para olvidar y terminó recordando el mundo

 

No sabía que era Pitia. Solo tejía. En la cocina, en la sala de espera, en los velorios. Tejía para no pensar. Para no llorar. Para no hablar. Sus manos hacían lo que el alma no podía decir.

 

Un día, tejió un triángulo sin querer. Luego un círculo. Luego una espiral. No entendía por qué. Pero cada vez que alguien se sentaba a su lado, algo se abría. Una confesión. Un recuerdo. Una pregunta que no se había hecho nunca.

 

Ella no respondía. Solo tejía. Pero el hilo parecía saber. Parecía marcar el ritmo. Parecía decir: “seguí por acá”.

 

Una mujer que había perdido a su hijo encontró consuelo en un tapiz. Un hombre que no podía dormir volvió a soñar con una manta tejida por ella. Una niña que no hablaba empezó a cantar mientras tocaba sus lanas.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada punto era una señal. Cada tejido, una coordenada. Cada nudo, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, sostenía el mundo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario