domingo, 30 de agosto de 2026

 


 La limpieza del océano

 

El hombre ensució la tierra, contaminó el aire, y creyó que el mar sería su vertedero infinito. Pero el océano, que es Dios, guardó silencio largo tiempo. Hasta que un día se cansó.

 

Entonces levantó su furia: maremotos que barrieron costas, tsunamis que devoraron ciudades, barcos engullidos sin distinción. No fue odio ni venganza, fue limpieza. Porque la naturaleza no cuantifica: no mide bondad ni maldad, sólo recuerda que ante su poder no hay humano que pueda enfrentarse.

 

El mar defendió su lugar, el único que no se contamina, y en su furia mostró que lo espiritual habita en lo profundo. Allí, donde el hombre nunca llega, laten vidas más puras que las nuestras.

 

El mar soportó demasiado: redes que lo desgarraban, barcos que lo ensuciaban, bombas que lo herían. El hombre, en su soberbia, creyó que podía dominar lo insondable. Pero el océano, que es Dios de profundidades, no olvida.


Cuando se cansó, levantó su furia. Maremotos que arrasaron costas, tsunamis que devoraron ciudades, barcos engullidos sin distinción. Porque la naturaleza no cuantifica: no mide bondad ni maldad, sólo demuestra que ante su poder no hay humano que pueda enfrentarse.

 

Fue entonces cuando los sobrevivientes comprendieron que el mar no castiga por odio, sino por defensa. Es una limpieza, un acto de justicia sin miramientos, que recuerda al hombre que el océano es el único lugar que no se contamina, aunque la humanidad insista en ensuciarlo.






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