La limpieza del océano
El hombre ensució
la tierra, contaminó el aire, y creyó que el mar sería su vertedero infinito.
Pero el océano, que es Dios, guardó silencio largo tiempo. Hasta que un día se
cansó.
Entonces levantó
su furia: maremotos que barrieron costas, tsunamis que devoraron ciudades, barcos
engullidos sin distinción. No fue odio ni venganza, fue limpieza. Porque la
naturaleza no cuantifica: no mide bondad ni maldad, sólo recuerda que ante su
poder no hay humano que pueda enfrentarse.
El mar defendió su
lugar, el único que no se contamina, y en su furia mostró que lo espiritual
habita en lo profundo. Allí, donde el hombre nunca llega, laten vidas más puras
que las nuestras.
El mar soportó
demasiado: redes que lo desgarraban, barcos que lo ensuciaban, bombas que lo
herían. El hombre, en su soberbia, creyó que podía dominar lo insondable. Pero
el océano, que es Dios de profundidades, no olvida.
Cuando se cansó,
levantó su furia. Maremotos que arrasaron costas, tsunamis que devoraron
ciudades, barcos engullidos sin distinción. Porque la naturaleza no cuantifica:
no mide bondad ni maldad, sólo demuestra que ante su poder no hay humano que
pueda enfrentarse.
Fue entonces
cuando los sobrevivientes comprendieron que el mar no castiga por odio, sino
por defensa. Es una limpieza, un acto de justicia sin miramientos, que recuerda
al hombre que el océano es el único lugar que no se contamina, aunque la
humanidad insista en ensuciarlo.

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