El Dios del
océano
El mar no es sólo
agua. Es un Dios antiguo, hecho de abismos y corrientes, que guarda en su seno
a criaturas invisibles. Tortugas que recuerdan los siglos, ballenas que cantan
himnos sagrados, delfines que llevan mensajes de alegría, y anfibios semejantes
al hombre que habitan ciudades de cristal.
Este Dios protege
a sus hijos con un silencio insondable. Pero la mano del hombre, que no respeta
lo que desconoce, perfora el fondo, lanza bombas, hiere lo sagrado. Creen que
el océano es vacío, cuando en realidad es un templo.
Dicen que cada
explosión despierta la ira del mar. No porque quiera vengarse, sino porque su
dolor es demasiado grande. Y en ese dolor, las criaturas ocultas se revelan:
sirenas que lloran, tritones que levantan sus brazos, neptunos que claman
justicia.
El hombre ignora
que bajo las aguas hay vidas más espirituales que las suyas. El Dios del océano
las protege, y cada ola que golpea la costa es un recordatorio: no somos dueños
del mar, somos apenas huéspedes en su orilla.

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