martes, 13 de octubre de 2026

 


En casa, recibí una visita insólita un gallo en pleno Vicente López y se me ocurrió escribir sobre ello. Sobre todo, porque como buena cateta de ciudad no sabía la diferencia entre un gallo y un pollo.

 

El Intruso en la terraza

(O cómo mi terraza se convirtió en un gallinero urbano)

 

Vivimos pensando que el peligro en la ciudad son los autos, los ruidos o que se corte la luz. Nadie te prepara para el verdadero dilema del siglo XXI: asomarte a la ventana con el café en la mano y cruzarte la mirada con un gallo.

 

Ahí estaba él. Plumas perfectas, cresta roja imponente, plantado en mi terraza inaccesible como si fuera el dueño de mi casa.

 

Mis dilemas en ese instante fueron tres:


1. El misterio aerodinámico: ¿Cómo llegó ahí? Los gallos no vuelan. ¿Acaso domina la levitación o tomó un ascensor inexistente cuando no miraba?

2. El frente diplomático: Mi gato, el cazador de sillón, por suerte dormía. Tuve que arrestarlo en la cocina antes de que declarara una guerra Inter especies que no sabríamos cómo limpiar.

3. El protocolo de emergencia: Llamar al Estado para decir: "Hola, sí, necesito a Defensa Civil porque tengo un polizón con plumas".


Ahora solo queda esperar el rescate, mientras el gallo me mira fijo, juzgando mis plantas y recordándome que, al menos hoy, el despertador de la cuadra lo maneja él.




 


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