En casa, recibí una
visita insólita un gallo en pleno Vicente López y se me ocurrió escribir sobre
ello. Sobre todo, porque como buena cateta de ciudad no sabía la diferencia entre
un gallo y un pollo.
El Intruso en la
terraza
(O cómo mi terraza se
convirtió en un gallinero urbano)
Vivimos pensando que el
peligro en la ciudad son los autos, los ruidos o que se corte la luz. Nadie te
prepara para el verdadero dilema del siglo XXI: asomarte a la ventana con el
café en la mano y cruzarte la mirada con un gallo.
Ahí estaba él. Plumas
perfectas, cresta roja imponente, plantado en mi terraza inaccesible como si
fuera el dueño de mi casa.
Mis dilemas
en ese instante fueron tres:
1. El
misterio aerodinámico: ¿Cómo llegó ahí? Los gallos no vuelan. ¿Acaso domina la
levitación o tomó un ascensor inexistente cuando no miraba?
2. El frente
diplomático: Mi gato, el cazador de sillón, por suerte dormía. Tuve que
arrestarlo en la cocina antes de que declarara una guerra Inter especies que no
sabríamos cómo limpiar.
3. El
protocolo de emergencia: Llamar al Estado para decir: "Hola, sí, necesito
a Defensa Civil porque tengo un polizón con plumas".
Ahora solo queda esperar
el rescate, mientras el gallo me mira fijo, juzgando mis plantas y recordándome
que, al menos hoy, el despertador de la cuadra lo maneja él.



No hay comentarios:
Publicar un comentario