sábado, 2 de mayo de 2026

 




Los mercaderes del brillo

 

En Sudán, la tierra guardaba tesoros bajo la arena: oro, diamantes, piedras que brillaban como estrellas enterradas. Los aldeanos las miraban con respeto, sabiendo que eran parte de la memoria de sus ancestros.

 

Un día llegaron hombres con sombreros duros y botas de cuero. No hablaban la lengua del pueblo, pero todos entendieron lo mismo: saqueo. Traían fusiles y contratos escritos en papeles que nadie podía leer.

 

—Esto es progreso —decían los mercaderes—.

 

Pero el progreso era hambre.

El progreso era cadenas invisibles.

El progreso era niños escondidos en bolsas, mujeres sembrando vacío, hombres cargando derrotas.

 

 

Las piedras viajaban lejos, hasta vitrinas en Europa, donde brillaban en los dedos de los ricos. Nadie hablaba de la sangre que las acompañaba. Nadie nombraba a los muertos que habían quedado bajo la arena.

 

Los mercaderes se fueron, dejando tierra arrasada, aldeas vacías y generaciones sin futuro.

 

Pero en la noche, junto al fuego, alguien susurró:

 

—Nuestra sangre es la misma que la de todos.

Y ese susurro se convirtió en relato, en semilla, en resistencia.

 

 



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