Los mercaderes de Europa
Sudán era tierra de sol y
de río.
Los aldeanos vivían en
paz, cultivando trigo y cuidando ganado.
Un amanecer llegaron
barcos con banderas extranjeras.
De Inglaterra, de Egipto,
de Bélgica, de Francia.
Traían fusiles y contratos
escritos en lenguas que nadie entendía.
—Venimos a traer progreso
—decían.
Pero el progreso era
hambre.
El progreso era cadenas
invisibles. El progreso era niños escondidos en bolsas, mujeres sembrando
vacío, hombres cargando derrotas.
Los diamantes viajaron
lejos, hasta vitrinas en Europa,
donde brillaban en los
dedos de los ricos.
Nadie nombraba la sangre
que los acompañaba.
Nadie hablaba de los
muertos que habían quedado bajo la arena.
Los mercaderes se fueron,
dejando tierra arrasada,
aldeas vacías y
generaciones sin futuro.
Pero en la noche, junto al fuego, alguien susurró:
—Nuestra sangre es la
misma que la de todos.
Y ese susurro se convirtió
en relato, en semilla, en resistencia.

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