viernes, 1 de mayo de 2026

 


Los mercaderes de Europa

Sudán era tierra de sol y de río.

Los aldeanos vivían en paz, cultivando trigo y cuidando ganado.

 

Un amanecer llegaron barcos con banderas extranjeras.

De Inglaterra, de Egipto, de Bélgica, de Francia.

Traían fusiles y contratos escritos en lenguas que nadie entendía.

 

—Venimos a traer progreso —decían.

 

Pero el progreso era hambre.

El progreso era cadenas invisibles. El progreso era niños escondidos en bolsas, mujeres sembrando vacío, hombres cargando derrotas.

 

Los diamantes viajaron lejos, hasta vitrinas en Europa,

donde brillaban en los dedos de los ricos.

Nadie nombraba la sangre que los acompañaba.

Nadie hablaba de los muertos que habían quedado bajo la arena.

 

Los mercaderes se fueron, dejando tierra arrasada,

aldeas vacías y generaciones sin futuro.

Pero en la noche, junto al fuego, alguien susurró:

—Nuestra sangre es la misma que la de todos.

Y ese susurro se convirtió en relato, en semilla, en resistencia.




 

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