Donde guardo
mis memorias
En esta cama
heredada descansaron mis padres.
Columpiaron sus
sueños, se estremecieron en pesadillas,
se embrollaron
en sábanas agitadas por la pasión o el desvelo.
Este lecho fue
testigo de sus secretos, sus silencios, sus despedidas.
Hoy, esta cama
cobija mis propios sueños.
Abrazo mi
almohada como quien abraza un relicario.
En su funda
escondo un tesoro:
una carta, unos
poemas, postales de un amanecer rojizo
donde el oleaje
del mar fue música, y danzamos en nuestras irrealidades.
Tu perfume
varonil aún narcotiza mis sentidos.
La alquimia renace
cuando duermo.
Dos estrellas
brillan en mis manos:
las que pusiste
para iluminar mis quimeras
y las noches
más oscuras.
La cavidad
celestial se abre en el techo centellante de mi mente.
Nuestras
miradas al cielo recuerdan el instante arrobado del encuentro,
la sonrisa, el
aliento compartido,
los besos
encendidos que perturbaban el silencio con nuestros latidos.
Este lecho es
mi erario personal más preciado.
Aquí guardo
memorias vanas,
recuerdos que
se desvanecen como humo.
Angustia nacida
de haber perdido lo amado en otro tiempo.
La desazón de
no escuchar cada noche
ese dulce
“hasta mañana”.

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