Interludio: La Escalera
de Fuego y el Umbral de Luz
La hoguera crepitaba en el
centro del círculo. Sus llamas comenzaron a elevarse, no como fuego común, sino
como peldaños incandescentes que se abrían hacia lo alto. Cada chispa era un
escalón, cada brasa un símbolo.
El Profeta Radical
gritó:
—¡Subid por la escalera!
Pero no miréis atrás, porque abajo solo hay sombras y engaños. El basurero de
Sofía espera a quienes se pierden en falsas luces.
La Buscadora
Integradora avanzó despacio, tocando
cada peldaño con reverencia:
—Cada escalón guarda
memoria de las voces que escuché. No las rechazo, las reconozco. Algunas me
acompañan, otras se disuelven en el aire. Mi verdad no necesita condenar la del
otro.
El Escéptico dudó en el primer peldaño:
—¿Y si esta escalera no
lleva a ninguna parte? ¿Y si el umbral es solo humo?
El Místico sonrió:
—Toda escalera es símbolo.
El ascenso no es físico, es interior. El umbral no es puerta, es revelación.
El Curioso preguntó:
—¿Qué hallaremos al final?
Entonces la hoguera se
transformó en un arco de luz. El último peldaño se abrió como umbral, y detrás
no había condena ni juicio, sino claridad. La Aurora Crística se
desplegó como un amanecer sin sol, iluminando cada rostro.
No anulaba las
diferencias, las abrazaba, mostrando que cada vereda, cada duda, cada símbolo,
era parte de la misma ascensión.
El concilio comprendió que
la escalera no era para huir de las sombras, sino para integrarlas en la luz. Y
que el umbral no era frontera, sino encuentro.

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