La selva de disfraces y
cemento
Es densa. Es ruidosa. Es
brillante por fuera y hueca por dentro. En la selva de disfraces y cemento, el
alma se disfraza de éxito, de normalidad, de deber. Se viste de madre perfecta,
de ciudadano ejemplar, de cuerpo deseable, de mente productiva. Cada disfraz
tiene su precio. Cada máscara, su peso. Y el cemento lo cubre todo: las raíces,
los milagros, los silencios.
Allí, los milagros son
gratis, pero invisibles. Nadie los compra, nadie los nombra. Están en la risa
de un niño, en el olor del pan, en la sombra de un árbol que aún resiste. Pero
los ojos están entrenados para ver pantallas. Para ver cifras. Para ver lo que
brilla sin alma.
El cemento no es solo
material: es creencia. Es la idea de que todo debe ser útil, rentable, medible.
Es la estructura que nos aleja del asombro. Es el ruido que tapa la intuición.
Es la costra que cubre la piel del alma.
Pero incluso en esta
selva, hay grietas. Hay fisuras por donde brota la luz. Hay gestos que no se
explican. Hay encuentros que despiertan. Hay lágrimas que limpian. Y si el alma
se detiene, aunque sea un instante, puede ver: el milagro sigue ahí. Esperando.
Gratis. Vivo.

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