La montaña del alma
sabia
No se llega por conquista.
Se llega por desprendimiento. La montaña del alma sabia no se escala con
fuerza, sino con silencio. No se alcanza por mérito, sino por comprensión.
Allí, el alma no presume lo que sabe: lo respira. No enseña con palabras: con
presencia.
Cada paso hacia la cima es
una renuncia. A la máscara. Al juicio. Al ruido. Al deseo de tener razón. La
sabiduría no es saber más: es necesitar menos. No es acumular verdades: es
soltar certezas. No es iluminar a otros: es encenderse sin imponer.
En la montaña del alma
sabia no hay multitudes. Hay viento. Hay piedra. Hay memoria. Hay una voz
interior que no grita, pero guía. Allí, el alma recuerda que ya es. Que no
necesita disfraz. Que no necesita historia. Que no necesita permiso.
Desde la cima, se ve todo.
No con superioridad, sino con compasión. Se ve el continente del olvido, la
selva de cemento, el mar de memorias, y se comprende. No se juzga. No se teme.
No se huye. Se bendice.
Y entonces, el alma no
baja para enseñar. Baja para acompañar. Para sembrar indicios. Para susurrar a
los dormidos. Para abrazar a los que aún buscan. Porque la sabiduría no separa:
une.

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