Fragmento I – El roble y el Árbol de la Vida
En
la isla verde, donde la niebla acaricia los campos, los antiguos druidas se
reunían bajo el roble.
Ese
árbol no era solo madera y hojas: era el puente entre la tierra y el cielo, el
guardián de la memoria. Decían que sus raíces tocaban el mundo subterráneo, su
tronco sostenía la vida de los hombres,
y
sus ramas se abrían hacia los dioses, como brazos que nunca se cansan de
abrazar.
El
roble celta era espejo del Árbol de la Vida, el mismo que late en mis relatos.
Ambos
enseñan que la fuerza no está en la violencia, sino en la permanencia,
en
la capacidad de sostener generaciones sin quebrarse,
en
la paciencia de esperar que las malas acciones caigan por su propio peso,
mientras
la savia sigue subiendo, silenciosa y luminosa.
Así,
Irlanda y este manifiesto se encuentran en un mismo símbolo:
un
árbol que une mundos, que guarda la memoria,
y
que recuerda a todos que la verdadera revolución es la del amor,
porque
solo quien se planta firme en la paz puede crecer hacia el cielo.

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