El hombre que nunca fue
Desde joven había
aprendido a vivir en las sombras. No era buscado ni esperado en ninguna parte:
los amigos lo olvidaban, los maestros lo ignoraban, los vecinos lo esquivaban.
Su vida se fue llenando de silencios ajenos, de puertas que se cerraban antes
de que pudiera entrar.
El fracaso se convirtió en
su única compañía. Y en lugar de aceptar su destino, eligió disfrazarse con
ironías. Se escondía detrás de frases mordaces, como quien lanza piedras desde
un callejón oscuro. No tenía argumentos, pero repetía que siempre tenía razón.
Esa convicción hueca era su escudo contra el mundo.
Con el tiempo encontró un
modo: la pantalla. Allí, protegido por el anonimato, comenzó a atacar a
escritores y pensadores. Nunca dio la cara, nunca se hizo cargo. Su único gesto
fue un vano intento de herir a otros para tapar su propia miseria y
mediocridad.
Creyó que sus palabras
quedarían grabadas, que su ironía sería recordada. Pero el destino fue más
cruel: nadie lo nombró, nadie lo citó, nadie lo recordó. Porque quien nunca se
hace cargo, quien nunca da la cara, termina siendo nadie. Y no ser nadie
es el disparo más certero contra su propia vanidad.
Cualquier similitud con la
realidad es mera coincidencia.

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