“En el
hospital de campaña, los mutilados eran más que cuerpos rotos: eran símbolos de
un futuro robado. En las calles, los que habían perdido la razón caminaban como
fantasmas, incapaces de volver a abrazar a sus hijos. Y entre ellos, algunos se
volvían más feroces, porque la guerra les daba permiso para ocultar su monstruo
interior. Así, el infierno no estaba solo en el frente: se había instalado en
cada alma que había tocado la violencia."
El hospital que ardía
En medio del bloqueo, el
hospital era un faro. Médicos y enfermeros trabajaban con lo poco que tenían:
vendas improvisadas, sueros escasos, palabras de aliento que eran más fuertes
que los medicamentos. Cada vida salvada era un triunfo contra la oscuridad.
Pero un día, el rugido de
los drones borró todo. El hospital voló por los aires, barriendo cuerpos y
esperanzas. No hubo miramientos: los que habían dedicado su vida a salvar,
murieron junto a quienes intentaban proteger.
El silencio que quedó fue
más fuerte que las bombas. Porque allí se entendió que la guerra no solo mata:
también destruye la posibilidad de sanar. Y esa verdad se convirtió en toque de
queda contra la guerra, un llamado a detener las armas y a preservar la
fraternidad.
“Que las máscaras
caigan, que los demonios se nombren, pero que nuestra palabra siga siendo
proclamación de amor y paz. Porque incluso entre los cristales rotos, la luz
encuentra la forma de reflejarse."

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