El último
testigo
El anciano
caminaba despacio entre las ruinas. Sus ojos habían visto demasiadas guerras:
batallas que se proclamaban victorias, ciudades que se levantaban sobre
montañas de cadáveres, discursos que prometían gloria. Pero en su memoria no
había vencedores, solo derrotados.
Recordaba
hospitales volados, médicos sacrificados, niños arrancados de sus madres,
soldados que regresaban mutilados o con la mente quebrada. Recordaba también a
los psicópatas que se disfrazaban de héroes, encubriendo su oscuridad bajo el
escenario bélico.
Ahora,
frente a la nueva barbarie, el anciano levantó la voz:
"No hay
ganadores en la guerra. Todos pierden: los que mueren, los que sobreviven, los
que obedecen, los que mandan. La única victoria posible es rebelarse contra los
demonios y elegir la vida."
Su palabra
se convirtió en toque de queda contra la guerra. Y quienes lo escucharon
comprendieron que la memoria no era solo recuerdo: era advertencia, era llamado
a la coherencia, era invitación a despertar.

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