lunes, 27 de abril de 2026

 


El último testigo

El anciano caminaba despacio entre las ruinas. Sus ojos habían visto demasiadas guerras: batallas que se proclamaban victorias, ciudades que se levantaban sobre montañas de cadáveres, discursos que prometían gloria. Pero en su memoria no había vencedores, solo derrotados.

Recordaba hospitales volados, médicos sacrificados, niños arrancados de sus madres, soldados que regresaban mutilados o con la mente quebrada. Recordaba también a los psicópatas que se disfrazaban de héroes, encubriendo su oscuridad bajo el escenario bélico.

Ahora, frente a la nueva barbarie, el anciano levantó la voz:

"No hay ganadores en la guerra. Todos pierden: los que mueren, los que sobreviven, los que obedecen, los que mandan. La única victoria posible es rebelarse contra los demonios y elegir la vida."

Su palabra se convirtió en toque de queda contra la guerra. Y quienes lo escucharon comprendieron que la memoria no era solo recuerdo: era advertencia, era llamado a la coherencia, era invitación a despertar.




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