jueves, 5 de febrero de 2026

Relicario IV – El té frutado

 

Relicario IV – El té frutado

 

(Dedicado a la memoria de mi amiga Cristina Siri, enorme poetisa)

 

A las catorce horas, como cada sábado,

yo estaba lista.

La mesa puesta, el té frutado humeando,

la conversación esperando su cauce.

Pero ese día, la cita se frustró.

No por olvido, no por distancia,

sino por algo más irreversible:

la llegada de la dama blanca.

La muerte no avisa.

No toca la puerta.

No pide permiso.

Solo entra, se lleva, y deja el eco.

Yo me presenté igual.

Como quien se aferra a la posibilidad del error,

como quien cree que el sueño aún no terminó.

Pensé que todo era una alucinación,

una jugarreta de mi mente.

Pero con puntualidad rigurosa,

llegó el cortejo.

Tus hijos, tu esposo, tus amigas.

Y yo, con el té intacto,

esperando que todo fuera mentira.

Mira que te conocía gente.

Pero vos solo querías lo íntimo.

Los más cercanos.

Los que sabían leer entrelíneas.

Y ahí entendí.

 

Cuando vi el cajón con tu nombre,

cuando el llanto se volvió niebla compartida,

cuando el té se enfrió sin que nadie lo bebiera.

Ese té frutado se convirtió en ritual suspendido.

En símbolo de lo que no fue.

En testimonio de lo que aún vibra.

 

Porque, aunque la muerte haya irrumpido,

aunque la dama blanca haya cruzado el umbral,

yo sigo preparando la mesa.

Sigo esperando la conversación.

Sigo creyendo que, en algún plano,

vos llegas puntual.

 

Afirmación ritual

Aunque el té se haya enfriado,
yo sigo preparando la mesa.
Porque el amor no se interrumpe,
solo cambia de plano.




No hay comentarios:

Publicar un comentario