martes, 18 de agosto de 2026




La isla de las sirenas mudas

 

Un barco mercante se perdió en medio de una tormenta. Los marineros, agotados, vieron cómo la bruma se abría y aparecía una isla desconocida. Allí no había casas ni fuego, sólo un coro de mujeres que cantaban sin voz. Eran sirenas mudas: sus labios se movían, pero ningún sonido salía.

 

Los hombres, fascinados, se acercaron. Cada sirena señalaba hacia el mar, como si pidiera algo. El capitán creyó que era un llamado de auxilio, pero pronto descubrieron que las sirenas no podían hablar porque habían sido castigadas: habían traicionado al océano revelando secretos a los hombres.

 

La isla era hermosa, con aguas cristalinas y frutos extraños, pero cada noche las sirenas lloraban en silencio. Los marineros empezaron a sentir que la tristeza se les pegaba en la piel, como salitre. Uno a uno, fueron perdiendo la voz también.

 

El capitán comprendió demasiado tarde: la isla era una trampa. El mar había condenado a las sirenas y ahora condenaba a los hombres que se atrevían a escucharlas.

 



 


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