La isla de las
sirenas mudas
Un barco mercante
se perdió en medio de una tormenta. Los marineros, agotados, vieron cómo la
bruma se abría y aparecía una isla desconocida. Allí no había casas ni fuego,
sólo un coro de mujeres que cantaban sin voz. Eran sirenas mudas: sus labios se
movían, pero ningún sonido salía.
Los hombres,
fascinados, se acercaron. Cada sirena señalaba hacia el mar, como si pidiera
algo. El capitán creyó que era un llamado de auxilio, pero pronto descubrieron
que las sirenas no podían hablar porque habían sido castigadas: habían
traicionado al océano revelando secretos a los hombres.
La isla era
hermosa, con aguas cristalinas y frutos extraños, pero cada noche las sirenas
lloraban en silencio. Los marineros empezaron a sentir que la tristeza se les
pegaba en la piel, como salitre. Uno a uno, fueron perdiendo la voz también.
El capitán comprendió
demasiado tarde: la isla era una trampa. El mar había condenado a las sirenas y
ahora condenaba a los hombres que se atrevían a escucharlas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario