domingo, 9 de agosto de 2026

 


El pirata que quiso anclar

 

Había surcado mares infinitos, saqueado barcos y amado sin raíces. Pero un día, cansado de la espuma y del hierro, el pirata decidió que era hora de anclar. Creyó que la tierra le daría calma, que el silencio de un puerto podía borrar las cicatrices del océano.

 

Fue entonces cuando la conoció. Ella tenía la risa de una niña y la furia de una pantera. Con ella descubrió que la ternura podía arder y que la pasión podía ser un incendio. El viejo pirata creyó, por un instante, que la vida podía empezar de nuevo.

 

Pero el pasado es un ancla más pesada que el hierro. Sus celos, sus adicciones, sus viejas heridas lo arrastraban hacia el fondo. Ella también cargaba fantasmas, y juntos luchaban contra mareas invisibles.

 

Por momentos parecían destinados a construir un hogar. Por otros, la tormenta los separaba. El pirata la amaba con la posesión de quien teme perder lo único que lo ilumina. Ella lo quería, pero en su corazón había otro nombre.

 

Así vivieron, entre la esperanza y el naufragio. Porque nadie puede cambiar del todo: los pecados son tatuajes en la piel del alma, y el mar siempre reclama a sus hijos.

 

Él era muy celoso de sus cosas y más de ella. Pero eso es algo natural, cuando se ama a otro.

 

No se trata de un tema de inseguridad, sino de posesión de hacer propio el objeto amado. Al menos algo así diría Lacan.

 


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