El pirata que
quiso anclar
Había surcado
mares infinitos, saqueado barcos y amado sin raíces. Pero un día, cansado de la
espuma y del hierro, el pirata decidió que era hora de anclar. Creyó que la
tierra le daría calma, que el silencio de un puerto podía borrar las cicatrices
del océano.
Fue entonces
cuando la conoció. Ella tenía la risa de una niña y la furia de una pantera.
Con ella descubrió que la ternura podía arder y que la pasión podía ser un
incendio. El viejo pirata creyó, por un instante, que la vida podía empezar de
nuevo.
Pero el pasado es
un ancla más pesada que el hierro. Sus celos, sus adicciones, sus viejas
heridas lo arrastraban hacia el fondo. Ella también cargaba fantasmas, y juntos
luchaban contra mareas invisibles.
Por momentos
parecían destinados a construir un hogar. Por otros, la tormenta los separaba.
El pirata la amaba con la posesión de quien teme perder lo único que lo
ilumina. Ella lo quería, pero en su corazón había otro nombre.
Así vivieron,
entre la esperanza y el naufragio. Porque nadie puede cambiar del todo: los
pecados son tatuajes en la piel del alma, y el mar siempre reclama a sus hijos.
Él era muy celoso
de sus cosas y más de ella. Pero eso es algo natural, cuando se ama a otro.
No se trata de un
tema de inseguridad, sino de posesión de hacer propio el objeto amado. Al menos
algo así diría Lacan.

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