miércoles, 12 de agosto de 2026

 




El naufragio 

 

Nadie en el crucero imaginó que el mar podía levantar una muralla. Era una pared líquida, pero más dura que el acero. Cuando la nave chocó, el estruendo fue como si el océano se quebrara en mil pedazos. Trescientas vidas colisionaron en un instante, y el silencio posterior fue más terrible que el grito.

Sólo dos sobrevivieron: Delia y su perro. La marea los arrastró lejos, como si el mar quisiera probarlos. Despertaron en un lugar extraño, sin puerto, sin gente, sin señales de civilización. Allí no había nada que los recibiera, salvo el viento y la arena.

 

Delia entendió que debía poner a prueba su espíritu. El perro, fiel guardián, se convirtió en su compañero de resistencia. Juntos aprendieron a escuchar los signos del mar, a leer las estrellas, a inventar un refugio con lo poco que la costa ofrecía.

 

El naufragio no había sido el final, sino el comienzo de otra travesía: la de sobrevivir en un mundo desierto, donde cada día era un pulso entre la esperanza y la desolación.


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