Proyecto "Cresta
Roja": El Incidente de la Terraza
El informe oficial dirá
que un ave de corral se escapó de algún patio trasero. Pero la física no
miente. Los gallos no vuelan, y mi terraza es un búnker de hormigón inaccesible
a tres metros sobre el suelo más cercano. Las matemáticas simplemente no
cierran.
Cuando lo vi por primera
vez, supe que algo andaba mal. No emitía el típico cacareo; más bien parecía un
zumbido de baja frecuencia que hacía vibrar los azulejos. Sus plumas, bajo la
luz del sol, tenían un brillo sospechosamente tornasolado, casi como un
blindaje de grafeno. Me miró fijo con sus ojos dorados, y juraría que parpadeó
de forma horizontal, procesando datos térmicos de mi rostro.
Ahí comprendí la verdad:
El camuflaje perfecto:
¿Quién sospecharía de un gallo? Es el espía ideal para vigilar la zona urbana
sin levantar alarmas.
El gato como amenaza: Mi
gato lo detectó de inmediato. El instinto felino no se engaña con hologramas ni
bio-trajes. Tuve que encerrar a mi mascota en la cocina, no para proteger al
gallo, sino para evitar un conflicto diplomático a escala galáctica en mi
propio techo.
La llamada intergaláctica:
Cuando marqué el número de emergencias, no estaba llamando a Defensa Civil por
un animal perdido. Estaba activando el protocolo de contención biológica para
recuperar una sonda alienígena que erró el cálculo de su teletransportación.
Ahora la cuenta regresiva
ha comenzado. El agente encubierto camina de un lado a otro sobre las baldosas,
esperando que su nave nodriza —o el camión de rescate— llegue antes de que
revele sus secretos.



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