lunes, 12 de octubre de 2026

 


El Juicio del Océano

 

El mar se levantó como un tribunal solemne. No había jueces humanos ni leyes escritas: solo el rugido de las olas y la sombra del Leviatán. Cada fenómeno —trombas, remolinos, cantos de sirenas, corrientes abisales— se presentó como prueba distinta.

 

Los navegantes comprendieron que no era casualidad: el océano los estaba juzgando.

 

Quienes cedieron a la ira fueron arrastrados por corrientes violentas.

 

Quienes se dejaron tentar por la codicia quedaron atrapados en islas fantasma que se desvanecían.

 

Quienes escucharon la maldad se hundieron en la niebla sin retorno.

 

Pero quienes protegieron la chispa divina resistieron. El Leviatán los miró con ojos de fuego y, en lugar de destruirlos, los dejó pasar. El juicio del océano no era castigo, sino selección: separar a los valientes de los temerosos, a los que cuidaban su alma de los que la entregaban a la ilusión.


 




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