El Juicio del
Océano
El mar se levantó
como un tribunal solemne. No había jueces humanos ni leyes escritas: solo el
rugido de las olas y la sombra del Leviatán. Cada fenómeno —trombas, remolinos,
cantos de sirenas, corrientes abisales— se presentó como prueba distinta.
Los navegantes
comprendieron que no era casualidad: el océano los estaba juzgando.
Quienes cedieron a
la ira fueron arrastrados por corrientes violentas.
Quienes se dejaron
tentar por la codicia quedaron atrapados en islas fantasma que se desvanecían.
Quienes escucharon
la maldad se hundieron en la niebla sin retorno.
Pero quienes
protegieron la chispa divina resistieron. El Leviatán los miró con ojos de
fuego y, en lugar de destruirlos, los dejó pasar. El juicio del océano no era
castigo, sino selección: separar a los valientes de los temerosos, a los que
cuidaban su alma de los que la entregaban a la ilusión.



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