sábado, 5 de septiembre de 2026

 


La tromba, y el yate

 

El sol brillaba alto y los pasajeros del yate se dejaban llevar por la calma del mediodía. Vestidos con mallas, vasos en mano, reían y conversaban mientras el mar se extendía como un espejo azul.

 

De pronto, una sombra oscura se deslizó sobre el horizonte. El cielo comenzó a cubrirse de nubes densas, y el aire cambió: el calor ligero se transformó en un viento inquieto. Las risas se apagaron, los vasos quedaron suspendidos en el aire, y todos miraron hacia el punto donde el mar parecía elevarse.

 

Un embudo descendía desde las nubes, girando lentamente, hasta tocar el agua. La superficie del océano se agitó, levantando espuma y gotas que danzaban como cristales. Era una tromba marina, un puente efímero entre cielo y mar.

 

Los pasajeros oscilaron entre el miedo y el asombro: algunos retrocedieron buscando refugio, otros se quedaron inmóviles, hipnotizados por la belleza del fenómeno. El sol, oculto tras la tormenta, convirtió la escena en un teatro de sombras y luces.

 

Por un instante, el tiempo pareció detenerse: el yate, el mar y el cielo unidos en un espectáculo que revelaba la fuerza indomable de la naturaleza. Y cuando el embudo se disipó, dejando solo olas agitadas y un silencio reverente, los pasajeros supieron que habían sido testigos de un milagro marino.




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