La tromba, y el
yate
El sol brillaba
alto y los pasajeros del yate se dejaban llevar por la calma del mediodía.
Vestidos con mallas, vasos en mano, reían y conversaban mientras el mar se
extendía como un espejo azul.
De pronto, una
sombra oscura se deslizó sobre el horizonte. El cielo comenzó a cubrirse de nubes
densas, y el aire cambió: el calor ligero se transformó en un viento inquieto.
Las risas se apagaron, los vasos quedaron suspendidos en el aire, y todos
miraron hacia el punto donde el mar parecía elevarse.
Un embudo
descendía desde las nubes, girando lentamente, hasta tocar el agua. La
superficie del océano se agitó, levantando espuma y gotas que danzaban como
cristales. Era una tromba marina, un puente efímero entre cielo y mar.
Los pasajeros
oscilaron entre el miedo y el asombro: algunos retrocedieron buscando refugio,
otros se quedaron inmóviles, hipnotizados por la belleza del fenómeno. El sol,
oculto tras la tormenta, convirtió la escena en un teatro de sombras y luces.
Por un instante,
el tiempo pareció detenerse: el yate, el mar y el cielo unidos en un
espectáculo que revelaba la fuerza indomable de la naturaleza. Y cuando el
embudo se disipó, dejando solo olas agitadas y un silencio reverente, los
pasajeros supieron que habían sido testigos de un milagro marino.

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