La contadora que abolió
el temblor
(Inspirado en Cristine
Lagarde)
La contadora no usaba
lápiz. Usaba decreto. Usaba tasa. Usaba algoritmo. Decía que el dinero debía
fluir sin alma. Que la inflación era un pecado. Que la pobreza era una
variable. Que el hambre debía ser gestionado.
La contadora no lloraba.
No recordaba. No temblaba. Solo corregía. Ajustaba. Rediseñaba. Convertía la
ternura en déficit. El abrazo en gasto. El barrio en riesgo.
Cada vez que un país pedía
ayuda, ella ofrecía una fórmula. Una receta. Un castigo disfrazado de
salvación. Y cada vez que un niño dejaba de comer, ella decía que el sistema se
estaba estabilizando.
Pero en un rincón del
mundo, una mujer cocinó con lo que tenía. Compartió su plato. Cantó mientras
servía. Y el niño, sin plan económico, sin subsidio, sin pronóstico, sonrió.
La contadora lo vio. No
entendió. No pudo medirlo. No pudo indexarlo. No pudo convertirlo en dato.
Y por primera vez, el
sistema tembló.

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