jueves, 16 de julio de 2026



Fábula: El Árbol de las Madres

En un valle escondido, había un árbol que nunca daba frutos. Sus ramas eran fuertes, pero siempre desnudas. Las madres del pueblo iban allí a llorar cuando la vida les arrancaba a sus hijos.

Cada lágrima caía como rocío sobre las raíces. El árbol, silencioso, las recibía sin palabra. Con el tiempo, las raíces se hicieron profundas, y el tronco comenzó a brillar con una luz tenue.

Un día, una madre desolada llegó y se desplomó al pie del árbol. Su llanto fue tan grande que parecía un diluvio. Entonces, el árbol floreció por primera vez: no con frutos, sino con flores blancas que caían suavemente sobre ella, como consuelo.

Las demás madres vieron aquello y comprendieron: el árbol no borraba el dolor, pero lo transformaba en memoria viva. Cada flor era un hijo recordado, cada pétalo un abrazo invisible.

Desde entonces, todos —madres, padres, hijos, vecinos— acudían al árbol. Lloraban juntos, porque el dolor de una madre es el dolor de todos. Y al llorar unidos, las flores se multiplicaban, llenando el valle de consuelo.

El árbol nunca dejó de florecer, porque siempre había lágrimas que lo alimentaban. Pero cada flor era también cicatriz cerrada, testimonio de que el amor, aunque roto, seguía vivo.

 




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