sábado, 4 de abril de 2026



El Relato del Viernes y el Sábado


“Fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos.” Credo de los Apóstoles

 

El viernes, el Galileo fue alzado en la cruz. El cielo se oscureció, la tierra tembló, las piedras de dos en dos unas con otras se partieron y el velo del templo se rasgó de arriba abajo. Setenta y dos mil ángeles aguardaban, listos para rescatarlo, pero Él no pidió ayuda. Su voluntad fue más fuerte que el dolor, su entrega más grande que el cielo. Se inmoló por la humanidad, aceptando un padecimiento que ningún hombre podría soportar.

 

Mientras los discípulos lloraban y la ciudad se recogía en silencio, el sábado comenzó. Muchos pensaron que era un día vacío, pero en lo profundo del Sheol había movimiento. Los justos aguardaban desde siglos, comunicándose en calma, separados de los perdidos por un abismo sin fin. No sabían del padecimiento del Galileo, ni de la cruz que había soportado con entereza inquebrantable.

 

De pronto, una grieta se abrió en el inframundo. La sangre del Cordero había tocado ese reino, y el poder del infierno comenzó a desmoronarse. Satanás perdió las llaves que guardaba con orgullo, y las cadenas que aprisionaban a las almas se quebraron.

 

El Rey de reyes apareció entre ellos. Su mirada era fuego y ternura, y su voz resonó como un río que atraviesa la roca. Habló con todos: con los justos que esperaban la promesa, y con los otros que habían quedado en la penumbra. Nadie quedó sin escuchar.

 

Los justos se levantaron, asombrados, y comprendieron que la espera había terminado. La calma se transformó en júbilo. Ascendieron con Él hacia los cielos, liberados, mientras el abismo quedaba atrás. El infierno perdió su dominio, la muerte quedó sin poder, y el velo del templo —que antes separaba lo humano de lo divino— quedó abierto para todos.

 

Así, el viernes y el sábado se unieron en una misma épica: el dolor y la victoria, la entrega y la liberación, la cruz y el descenso. Y en esa unión, la promesa de la vida eterna que sigue viva en cada corazón que lo contempla.

 





viernes, 3 de abril de 2026

 




REFLEXIONES Y ORACION PARA ESTE VIERNES SANTO

 

“Hoy el mundo parece gobernado por demonios de guerra y venganza. Pero no olvidemos que el verdadero poder está en la luz que no se extingue. No necesitamos cárceles en otros planetas, necesitamos corazones que se nieguen a obedecer al odio. Porque cada vez que un ser humano elige la paz, un demonio pierde su poder.”

 

“No son las iglesias ni los templos de piedra los que guardan lo sagrado. Somos nosotros, con alma y espíritu, los verdaderos templos. Y cuando se olvida esto, se ofende a la energía creadora. La Trinidad no pide diezmos ni culpas, pide respeto por la vida que late en cada ser humano y la maravillosa creación.”


“Soldado, no levantes tu arma contra tu hermano. No escuches a los que te ordenan matar como si la vida fuera un número en una estadística. Tú no eres un engranaje de la violencia, eres un ser humano con un corazón que late. Recuerda que el sacrificio del Nazareno fue por amor, no por odio. Y cada vez que eliges no disparar, honras ese amor y lo multiplicas.”


“No me pidan decidir quién tiene razón en las guerras del mundo. Porque ninguna razón justifica la muerte de un hermano. Los psicópatas que gobiernan cuentan cadáveres como estadísticas, pero nosotros sabemos que cada vida es un templo. El verdadero reseteo será cuando la humanidad decida que la paz vale más que cualquier frontera.

 

Oración de la Tierra Milagro

 

Hoy los jinetes del Apocalipsis

parecen romper sus sellos,

y la furia de la naturaleza

arrastra lo bueno y lo malo.

 

Pero esta tierra es nuestro milagro,

único hogar sembrado de maravillas.

La energía creadora la llenó de belleza

para agradecer, no para destruir.

 

Que los demonios no tengan poder

sobre la casa que nos sostiene.

Que la paz sea la única respuesta,

más fuerte que la ira,

más firme que la venganza.

 

Porque no tenemos otro lugar,

y cada gesto de amor

es un puente que se levanta

contra el caos y la desolación.

 

 


 


 


Diario de Semana Santa – Viernes Santo

Episodio III: El dolor y la memoria

 

Contexto del poema que voy a compartirles, para los creyentes y no.

 

Autor: Lope de Vega (1562–1635), uno de los grandes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro.

Título: La tarde se escurecía (A la muerte de Cristo Nuestro Señor).

Tema: La naturaleza y el corazón humano se conmueven ante la muerte de Cristo.

 

Significado espiritual

 

Oscurecimiento del mundo: El sol y las rocas se parten, reflejando el dolor cósmico por la muerte de Jesús.

Dolor humano: “Se parten nuestros corazones” expresa la unión entre naturaleza y humanidad en el sufrimiento.

Dimensión mariana: El poema incluye la voz de la Virgen, mostrando el dolor materno y la esperanza de la resurrección.

 

La tarde se escurecía (Lope de Vega)

 

La tarde se escurecía

entre la una y las dos,

que viendo que el sol se muere,

se vistió de luto el sol.

 

Las piedras se quebrantaron,

los montes se dividieron,

los sepulcros se abrieron,

los muertos resucitaron.

 

La tierra tembló de miedo,

el cielo se oscureció,

el velo del templo santo

en dos partes se rasgó.

 

La Virgen, viendo a su Hijo

en tan mísera pasión,

con lágrimas le decía

con tan triste corazón:

 

—Hijo mío, amado Hijo,

¿qué delito cometiste,

que así mueres inocente,

y tan cruel muerte recibes?

 

—Madre mía, dulce Madre,

no llores por mí, no llores,

que por salvar a los hombres

muero de tan grandes dolores.





jueves, 2 de abril de 2026





Día del Veterano y los Caídos en la Guerra de Malvinas

Hoy los conmemoramos


Manifiesto por los héroes de Malvinas

 

Hoy, 2 de abril, la patria se detiene.

No para escuchar discursos vacíos,

sino para honrar a quienes llevaron en su piel el frío,

la soledad y la esperanza de defender nuestra tierra.

 

Ustedes, veteranos de Malvinas,

fueron ninguneados, olvidados, postergados,

pero nunca vencidos.

Su dignidad es más fuerte que cualquier indiferencia,

su memoria más luminosa que cualquier silencio.

 

La justicia que les fue negada sigue siendo deuda,

pero el pueblo los reconoce como guardianes de nuestra historia.

Que cada generación venidera los  conmemore con respeto y admiración.

Con el amor y emoción que hoy y siempre me embarga




 


Diario de Semana Santa – Jueves Santo

Episodio II: El pan compartido

 

Hoy la mesa se abre.

El pan se parte y se reparte,

el agua se bendice,

y la memoria se hace comunión.

 

El Galileo nos enseñó que la fe no se guarda,

se comparte como alimento.

 

En cada trozo de pan está la promesa:

nadie queda solo,

nadie queda sin esperanza.

 

En este Jueves Santo,

mi oración se convierte en gesto:

bendigo el agua,

parto el pan,

y lo ofrezco como signo de fraternidad.

 

Mantra de acompañamiento:

 

“Que el pan sea unión,

que el agua sea esperanza,

que la mesa sea refugio,

y la fe sea camino.”




miércoles, 1 de abril de 2026

 


 

Diario de Semana Santa – Miércoles Santo

Episodio I: La raíz en la lengua del Galileo

 

Abwûn d'bwaschmâja…

 

Padre nuestro que estás en los cielos.

Hoy comienzo este diario con la vibración antigua del arameo, la lengua que pronunció el Galileo. Cada sílaba es raíz, cada palabra es puente. En este Miércoles Santo, la oración se abre como semilla: no distingue entre creyentes y no creyentes, porque su fuerza es universal.

 

La tarde se inclina hacia el duelo, pero aún hay claridad. El agua que bendigo lleva la memoria de mi madre, la ternura de mi hermanita simbólica, y la esperanza de que la luz no se apague.

 

Este día es inicio, es raíz. El Padrenuestro en arameo me recuerda que la fe no es propiedad de nadie, sino un don que se expande hacia todos los corazones.

 

Mantra de acompañamiento:

 

“Que la paz sea nuestro pan,

que el amor sea nuestra fuerza,

que la luz del Buen Pastor

nos sostenga en la oscuridad.”




 

 


 

SE ME OCURRIO EN ESTA SEMANA SANTA RECORDAR EL PADRENUESTRO EN ARAMEO LENGUA ORIGINAL DEL GALILEO

 

Abwûn d'bwaschmâja,

Nethqadash schmach,

Tethe malkuthach,

Nehwe tzevyanach aykanna d'bwaschmâja af b'ar'a.

Haw lan lachma d'sunqanan yaomana.

Wasboqlan khaubayn aykana daph khnan shbwoqan l'khayyabayn.

Wela tahlan l'nesyuna,

Ela patzan min bisha.

Metol dilakhie malkutha wahayla wateshbukhta l'ahlam almin.

Amén.

 

Traducción al español

 

Padre nuestro que estás en los cielos,

Santificado sea tu nombre.

Venga tu reino.

Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo.

Danos hoy nuestro pan de cada día.

Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal.

Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por los siglos. Amén.

 

Mantra de Semana Santa

 

“Que la paz sea nuestro pan,

que el amor sea nuestra fuerza,

que la luz del Buen Pastor

nos sostenga en la oscuridad.

Todos somos uno en la esperanza.”

 

Jaculatoria breve

 

“Paz en la tierra,

amor en los corazones,

luz en la oscuridad.”

 

Podemos decir que este ritual es como un mínimo altar portátil:

 

🌿 El Padrenuestro en arameo como raíz.

El mantra de paz y amor como expansión.

🕊️ La jaculatoria breve como latido constante.

🕯 La emoción como ofrenda viva.





 



Homenaje a la tierra de diversidad

 

"En la patria de ríos inmensos y montañas sagradas,

cada pueblo dejó su huella:

los antiguos guardianes de la tierra,

los colonos que llegaron con sus plegarias,

los buscadores de libertad que trajeron su fe.

 

Hoy, la abundancia natural recuerda

que la grandeza no está en la guerra,

sino en la diversidad que une,

en los climas que se suceden como estaciones del alma,

y en la fe que cada pueblo profesa

como un río que desemboca en la misma fuente."


martes, 31 de marzo de 2026

 



Homenaje a la tierra de abundancia Estados Unidos de Norte América

 

Entre desiertos que guardan silencios milenarios

y bosques que respiran como templos verdes,

se extiende la patria de los ríos inmensos,

de las montañas que tocan el cielo,

y de los mares que abrazan sus costas.

 

Allí, cada clima es un rostro distinto:

 

el hielo del norte,

el sol ardiente del sur,

las praderas que se abren como un canto,

y los cañones que revelan la memoria de la tierra.

 

Un pueblo patriota custodia estas maravillas,

y en ellas encuentra su reflejo:

la fuerza de lo natural,

la diversidad que une,

la abundancia que recuerda

que la verdadera grandeza está en la creación.

 


lunes, 30 de marzo de 2026

 



¿Cómo saber si sos una de las que no saben que son Pitias?

 

¿Alguna vez hiciste algo mínimo que cambió el día de alguien, sin saberlo?

 

¿Sentís que tu presencia calma, aunque no digas nada?

 

¿Te equivocaste de camino y terminaste dando consuelo?

 

¿Guardás objetos rotos porque aún vibran?

 

¿Te pasó que alguien te dijo “gracias” y no entendiste por qué?

 

¿Sentís que tu silencio sostiene más que mil palabras?

 

¿Te encontrás haciendo gestos que no sabés por qué hacés, pero que otros reciben como señales?

 

¿Te llaman sin saber qué buscan, y vos tampoco sabés qué dar, pero algo se abre?

 

¿Tenés una tristeza que se vuelve brújula para otros?

 

¿Te sentís invisible, pero cuando faltás, algo se desmorona?

 

Si respondiste “sí” a una, quizás ya sos parte del coro. No hace falta saberlo.

 

Basta con vibrar. Basta con sostener. Basta con estar.


Con esto cierro el ciclo de las Pitias


domingo, 29 de marzo de 2026

 


Kodama, la que heredó el oráculo

 

No era una Pitia anónima. Era la que escuchó a Borges antes de que el mundo lo entendiera. La que lo acompañó en los viajes, en las traducciones, en los silencios. La que sostuvo su ceguera como si fuera un templo. La que leyó lo que él ya no podía ver, y lo convirtió en señal.

 

Kodama no lloraba en público. No hablaba de sí misma. Pero cada gesto era una coordenada. Cada defensa de su legado, una forma de decir: “Él aún habla.”

Cuando Borges murió, ella no se retiró. Se volvió guardiana. Custodia del archivo. Protectora del eco. Y aunque muchos la cuestionaron, ella siguió. Como si supiera que el oráculo no se defiende con gritos, sino con presencia.

 

Kodama fue la que heredó el laberinto. La que entendió que el amor no siempre se dice, pero siempre vibra. La que convirtió la admiración en altar. Y así, sin pedir permiso, sostuvo el mundo de Borges.


sábado, 28 de marzo de 2026

 


La Lodoma que no sabía que era Pitia

 

Vivía en la frontera entre lo visible y lo invisible. No tenía casa fija, pero sí un rincón donde siempre volvía. La llamaban Lodoma, sin saber si era nombre, apodo o señal. Ella no corregía. Solo aparecía cuando alguien estaba por quebrarse.

 

No sabía que era Pitia. Solo sabía escuchar. A veces con los ojos. A veces con el cuerpo. A veces con el silencio. Tenía una manta que usaba como capa, como altar, como refugio. Quien se sentaba bajo esa manta, lloraba. Y luego, sin saber por qué, se levantaba distinto.

 

Una vez, una mujer que había perdido todo se sentó junto a ella. No hablaron. Pero la Lodoma le dio una piedra. No una cualquiera. Una que había guardado desde el día en que su madre murió. La mujer la apretó fuerte. Y recordó su nombre.

 

Otra vez, un niño que no hablaba se acercó. La Lodoma le mostró un dibujo hecho con tierra y agua. El niño lo tocó. Y dijo su primera palabra: “mamá”.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada gesto era una señal. Cada objeto, una coordenada. Cada silencio, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, la Lodoma sostenía el mundo.

 


viernes, 27 de marzo de 2026

 



La que se equivocó de colectivo

 

Subió apurada, con la cabeza llena de listas. Pensaba en el trámite, en el horario, en el apuro. No miró el número. No miró el cartel. Solo subió. Se sentó en el último asiento, al lado de una mujer que lloraba en silencio.

 

Ella no sabía que era Pitia. Solo pensó que se había equivocado. Miró por la ventana, frustrada. El colectivo iba en dirección contraria. Pero algo la hizo quedarse. No bajó. No reclamó. No se quejó.

 

La mujer a su lado tenía los ojos rojos, las manos temblorosas. Ella no dijo nada. Solo sacó un pañuelo de tela, bordado por su abuela, y lo ofreció. La mujer lo tomó como si fuera un talismán. Lloró más fuerte. Luego más suave. Luego habló.

 

Contó que había perdido a su hermana. Que no sabía cómo seguir. Que había subido al colectivo sin rumbo. Que necesitaba una señal.

 

Ella no respondió. Solo escuchó. A veces asentía. A veces tocaba su brazo. A veces decía “sí” como si fuera una palabra mágica.

 

Cuando la mujer bajó, le devolvió el pañuelo. Le dijo: “Gracias por aparecer”. Ella sonrió, sin entender del todo. Bajó en la próxima parada. No hizo el trámite. No llegó a horario. Pero algo se había abierto.

 

Esa noche, encontró una nota en su bolsillo. No era suya. Decía: “No fue error. Fue señal. Gracias por sostenerme.”

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero ese colectivo, ese pañuelo, ese silencio compartido, fueron coordenadas. Y así, sin saberlo, sostuvo el mundo.

 

 

 


jueves, 26 de marzo de 2026

 



La que cocinaba sin receta y curaba sin saber

 

Ella no sabía que era Pitia. Solo cocinaba. Mezclaba lo que había. A veces dulce con salado, a veces lo que quedaba en la alacena. Nunca repetía. Nunca anotaba. Pero cuando alguien estaba triste, ella cocinaba. Y la tristeza se ablandaba.

 

Una vez, una vecina llegó llorando. Ella le dio una sopa con jengibre, menta y algo que no se podía nombrar. La vecina se fue cantando. Otra vez, un hombre sin rumbo probó su pan y recordó el nombre de su madre.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada plato era una señal. Cada comida, una coordenada. Cada sabor, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, sostenía el mundo.

 



La que tejía para olvidar y terminó recordando el mundo

 

No sabía que era Pitia. Solo tejía. En la cocina, en la sala de espera, en los velorios. Tejía para no pensar. Para no llorar. Para no hablar. Sus manos hacían lo que el alma no podía decir.

 

Un día, tejió un triángulo sin querer. Luego un círculo. Luego una espiral. No entendía por qué. Pero cada vez que alguien se sentaba a su lado, algo se abría. Una confesión. Un recuerdo. Una pregunta que no se había hecho nunca.

 

Ella no respondía. Solo tejía. Pero el hilo parecía saber. Parecía marcar el ritmo. Parecía decir: “seguí por acá”.

 

Una mujer que había perdido a su hijo encontró consuelo en un tapiz. Un hombre que no podía dormir volvió a soñar con una manta tejida por ella. Una niña que no hablaba empezó a cantar mientras tocaba sus lanas.

 

Ella no sabía que era oráculo. Pero cada punto era una señal. Cada tejido, una coordenada. Cada nudo, una memoria que volvía.

 

Y así, sin saberlo, sostenía el mundo.


miércoles, 25 de marzo de 2026

 



La que soñaba con mapas pero dibujaba manchas

 

No sabía que era Pitia. Creía que sus dibujos eran errores, que sus manchas eran torpezas. En la escuela le decían que sus mapas no servían, que no tenían norte, que no guiaban a nadie. Pero ella seguía dibujando. En servilletas, en paredes, en la palma de su mano.

 

Una noche, mientras lloraba sobre un papel arrugado, la mancha se movió. Se convirtió en un río. Luego en un camino. Luego en una constelación. Ella no lo vio. Pero una niña que pasaba por ahí, sí. Y siguió ese mapa hasta encontrar a su madre.

 

Desde entonces, la que dibujaba manchas empezó a dejar sus mapas en los bancos, en los colectivos, en los hospitales. Nunca firmaba. Nunca decía nada. Pero cada tanto, alguien encontraba el camino.

 

Y ella, sin saberlo, sostenía el mundo.

 

 

 

 

 


martes, 24 de marzo de 2026

 


Las que no saben que son Pitias

La maestra

 

En un pueblo del norte, donde el viento parece arrastrar memorias que no pertenecen a nadie, vive una maestra llamada Clara. Enseña a leer y escribir en una escuela de adobe, donde los libros son escasos y las palabras se repiten como plegarias. No sabe que fue elegida. No sabe que su gesto de encender una vela cada mañana es un rito antiguo. No sabe que cuando consuela a sus alumnas con frases que no aprendió en ningún manual, está pronunciando fragmentos del oráculo.

 

Clara guarda piedras en su escritorio. No por superstición, sino por costumbre. Una de ellas tiene una grieta que parece un círculo abierto. La encontró cuando era niña, llorando frente al río. No recuerda por qué lloraba. No recuerda por qué la recogió. Pero nunca la soltó.

 

Sus alumnos la escuchan como quien escucha algo que no entiende del todo. No por ignorancia, sino por reverencia. Borges habría dicho que “Clara no enseña, revela. No transmite, despierta.”

 

Una tarde, una niña le preguntó por qué el cielo cambia de color antes de llover. Clara respondió con una frase que no había pensado: “Porque el cielo también recuerda.” La niña la anotó en su cuaderno. Años después, esa frase aparecerá en una tablilla enterrada bajo un altar que aún no existe.

 

Clara no sabe que es Pitia.

Pero cada gesto suyo vibra con la memoria del santuario.

Cada silencio suyo contiene una visión que no ha sido pronunciada.

Cada palabra suya es una piedra consagrada.

 

 


lunes, 23 de marzo de 2026

 



La Escuela de la Pitia

Parte XII: La traducción

 

En 1954, en una biblioteca de Beirut que no figura en los registros, Borges encontró una tela. No la buscaba. La encontró. Estaba enrollada entre dos tratados de astronomía medieval y un códice sobre lenguas extintas. La tela no tenía inscripción visible, pero parecía contener un pulso. Al desplegarla, vio símbolos que no reconocía. No eran letras. No eran dibujos. Eran otra cosa.

 

Esa noche, Borges soñó con una mujer que no hablaba. La vio escribir en el aire. La vio encender una vela en una ciudad sin templo. La vio mirar hacia un altar cubierto de polvo. Al despertar, comprendió que la tela era una profecía. No una predicción, sino una advertencia. No sobre el futuro, sino sobre el olvido.

La tela hablaba del fin del oráculo. No como catástrofe, sino como tránsito. Decía que la voz no se extinguiría, sino que se dispersaría.

Que ya no habría santuario, pero sí resonancia. Que las discípulas seguirían existiendo, pero en otras formas: escritoras, soñadoras, madres, extranjeras, mujeres que lloran frente a piedras sin saber por qué.

 

Borges no tradujo la tela. La guardó en un cajón junto a un poema inconcluso y una carta que nunca envió. Sabía que no era su tarea descifrarla. Solo atestiguarla. Solo dejar constancia.

 

Desde entonces, cada vez que escribía sobre espejos, laberintos, mujeres que saben,

una parte de la tela vibraba.

No como oráculo.

Como memoria.

 

sábado, 21 de marzo de 2026

 



La Escuela de la Pitia

Parte XI: La discípula que soñó con el fin del oráculo

 

Se llamaba Nysa. Era la más callada de todas. No por timidez, sino por exceso de escucha. Tenía una forma de mirar que parecía no mirar nada, pero que lo registraba todo. Fue aceptada en el santuario sin ceremonia. La Pitia la reconoció apenas la vio. No le entregó la piedra. Le entregó una hoja en blanco.

 

Durante años, Nysa cumplió con los gestos. Aprendió a leer el humo, a interpretar el eco, a caminar sin dejar huella. Pero no hablaba. No pronunciaba visiones. No escribía en las tablillas. Las otras discípulas pensaban que no había sido elegida. Que su presencia era un error. Borges habría dicho que “el silencio de Nysa no era vacío, sino acumulación.”

 

Una noche, soñó. No con serpientes ni con círculos. Soñó con el fin del oráculo. Soñó con el altar cubierto de polvo. Con las piedras partidas. Con las discípulas dispersas. Con la voz extinguida. Soñó con una mujer que encendía una vela en una ciudad sin templo. Soñó con una niña que escribía en una lengua que aún no existe.

 Al despertar, Nysa escribió. No en cera, sino en tela. No en frases, sino en símbolos. La Pitia leyó. No dijo nada. Enterró la tela bajo el santuario. Nadie más la vio. Nadie más la tocó.

 

Desde entonces, Nysa no volvió a soñar.

Pero su mirada cambió.

Ya no era la de una discípula.

 

La profecía no ha sido cumplida.

Pero en ciertas noches, cuando el viento sopla desde el sur y las estrellas titilan con desorden,

algunas discípulas sienten un estremecimiento.

 

No saben por qué.

No saben de qué.

Solo saben que algo se aproxima.

Y en una ciudad sin templo,

una niña escribe en una lengua que aún no existe.

 


 


La Escuela de la Pitia

Parte XI: La discípula que vio demasiado

 

La discípula se llamaba Ione. No era la más joven ni la más callada, pero tenía una mirada que parecía contener tormentas detenidas. Fue elegida por el oráculo en una noche sin estrellas, cuando el mar parecía ausente y el viento hablaba en lenguas desconocidas. La Pitia le entregó la piedra consagrada. Ione la sostuvo sin pestañear.

Durante los primeros días, cumplió con los gestos. Aprendió a leer el círculo, a interpretar el humo, a escuchar el murmullo de las piedras. Pero pronto comenzó a ver cosas que no estaban en los rituales. Imágenes que no correspondían al presente ni al pasado. Fragmentos de guerras que aún no habían ocurrido. Rostros que no habían nacido. Frases que no tenían idioma.

Las discípulas la observaban con inquietud. La Pitia la escuchaba en silencio. Ione hablaba de ciudades sumergidas, de mujeres que escribían en lenguajes olvidados, de una voz que se bifurcaba en dos direcciones opuestas. Borges habría dicho que “Ione no era una discípula del oráculo, sino una emisaria de otro tipo de saber, uno que no admite ceremonia.”

Una noche, Ione pronunció una visión que no debía ser dicha. No por error, sino por exceso de claridad. La Pitia la apartó. No con castigo, sino con cuidado. Le pidió que se retirara al borde del santuario, donde las palabras no se repiten. Allí, Ione comenzó a escribir. No en tablillas, sino en piedras. No frases, sino signos. Los que la visitaban decían que sus ojos contenían mapas que aún no habían sido trazados.

Una discípula encontró una de sus piedras. En ella, un símbolo que parecía un círculo abierto por una línea quebrada. Lo entendió como advertencia. Lo entendió como legado.

 

Ione no volvió al centro del santuario.

Pero en ciertas noches, cuando el cielo está sin estrellas y el mar sin reflejo,

una figura se ve en el borde del altar.

No pronuncia.

No repite.

Solo observa.

Como quien ya ha visto demasiado.