El Relato del Viernes y
el Sábado
“Fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos.” Credo de los Apóstoles
El viernes, el Galileo fue
alzado en la cruz. El cielo se oscureció, la tierra tembló, las piedras de dos
en dos unas con otras se partieron y el velo del templo se rasgó de arriba
abajo. Setenta y dos mil ángeles aguardaban, listos para rescatarlo, pero Él no
pidió ayuda. Su voluntad fue más fuerte que el dolor, su entrega más grande que
el cielo. Se inmoló por la humanidad, aceptando un padecimiento que ningún
hombre podría soportar.
Mientras los discípulos
lloraban y la ciudad se recogía en silencio, el sábado comenzó. Muchos pensaron
que era un día vacío, pero en lo profundo del Sheol había
movimiento. Los justos aguardaban desde siglos, comunicándose en calma,
separados de los perdidos por un abismo sin fin. No sabían del padecimiento del
Galileo, ni de la cruz que había soportado con entereza inquebrantable.
De pronto, una grieta se
abrió en el inframundo. La sangre del Cordero había tocado ese reino, y el
poder del infierno comenzó a desmoronarse. Satanás perdió las llaves que
guardaba con orgullo, y las cadenas que aprisionaban a las almas se quebraron.
El Rey de reyes apareció
entre ellos. Su mirada era fuego y ternura, y su voz resonó como un río que
atraviesa la roca. Habló con todos: con los justos que esperaban la promesa, y
con los otros que habían quedado en la penumbra. Nadie quedó sin escuchar.
Los justos se levantaron,
asombrados, y comprendieron que la espera había terminado. La calma se
transformó en júbilo. Ascendieron con Él hacia los cielos, liberados, mientras
el abismo quedaba atrás. El infierno perdió su dominio, la muerte quedó sin
poder, y el velo del templo —que antes separaba lo humano de lo divino— quedó
abierto para todos.
Así, el viernes y el
sábado se unieron en una misma épica: el dolor y la victoria, la entrega y la
liberación, la cruz y el descenso. Y en esa unión, la promesa de la vida eterna
que sigue viva en cada corazón que lo contempla.
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